View Colofon
Original text "A Tapioca" written in PT by Daniela Costa,
Other translations
Published in edition #2 2019-2023

Pastel de tapioca

Translated from PT to ES by Sara De Albornoz Domínguez
Written in PT by Daniela Costa

El rugir del motor de la furgoneta de la asociación anunciaba que ya era la hora de comer, en aquel día en que el sol ni se veía de tanto que quemaba. El viejo estaba debajo de la higuera; llevaba una camisa muy sucia, toda desabrochada, con una sonrisa irónica en la boca cerrada para sujetar el cigarro. Se quedó mirando cómo la brasileña —dos grandes manchas húmedas bajo los brazos y la espalda del uniforme igualmente empapada— salía del vehículo, cogía las fiambreras y se dirigía al anexo que funcionaba como cocina, donde él solía estar.

—¡Tío João!

¡Tío João!

La risa le hacía contraer todas las arrugas del rostro, abriendo surcos marrones de sudor y polvo.

—¡Tío João! ¿Hola, tío João?

Le gustaba verla desorientada, tal vez preocupada. Se divertía haciéndole perder el tiempo.

—¡¿Tío João?! Mire, le dejo la comida aquí, en el pomo de la puerta…

El juego había terminado; él silbó sin mover un músculo. Mariete miró hacia donde se encontraba y puso cara de enfado. El perro comenzó a ladrar, agorero.

—Este calor no lo soportan ni los animales —comentó ella.

—Siendo de Brasil, ya tendrías que estar acostumbrada al calor. ¿Qué traes ahí?

—Hoy hay ternera Strogonoff y pastel de tapioca de postre. Es el día de Nuestra Señora de la Asunción y las monjas nos han dado dulces para todo el mundo.

—Pero, bueno, ¿ahora ya no saben ni hacer comida portuguesa? ¿No es suficiente con que esto se llene de extranjeros? Mira, llévate esa porquería que no pienso ni tocarla, ¿me oyes?

—Pruébela, que le va a gustar.

—No pienso probar esa mierda. Coge la bolsa que has traído y desaparece.

Ella lo miró dubitativa; sabía que era solo mal humor, una forma de llamar la atención. Cambió de tema.

—Tenga cuidado porque el incendio puede venir para este lado.

—¿Y tú qué sabrás? El fuego está detrás de la sierra y con este calor el viento no va a cambiar. Llevo aquí ya muchos años…

—Tiene razón. Vamos a hacer una cosa: voy a dar una vuelta a la aldea y después paso a recoger las fiambreras.

Sabes que una tragedia está a punto de suceder cuando los animales salen de sus madrigueras y reina la falta de pudor. Las chicas seguían en silencio dentro de la furgoneta, invadidas por la consternación. Aquella aldea en la que no se solía ver a más de media docena de personas estaba muy agitada. Las hijas del comerciante de ganado, estudiantes universitarias a las que apenas se veía por allí, desbrozaban y cavaban alrededor de la finca. Un grupo de hombres talaba con desesperación un pino cuya copa tocaba el tejado de la casa del señor Herminio. La señora Adelaide, con su barriga fofa al aire, regaba con una manguera las paredes, el tejado y las ventanas de la casa. Los empleados municipales cortaban el matorral que había crecido sin control durante varios meses entre los pinos y los eucaliptos.

Mariete entró en la casa de la señora Amelia justo cuando las noticias hablaban del incendio. La anciana lloraba y rezaba y la trabajadora de la asociación la obligó a beber dos vasos de agua. Después fueron hasta las últimas casas, donde residía un matrimonio que ya no estaba allí. Se enteraron de que los hijos los habían ido a buscar.

Eran las dos de la tarde y una red de humo y cenizas volvía la luz tenue y densa. Costaba respirar y los ojos ardían.

Jorge llevaba un pañuelo doblado en triángulo sobre la nariz y la boca. Estaba con Zé Pedro, sacando al ganado del establo para llevarlo a un lugar seguro. Oyó el motor de la furgoneta y se acercó a la carretera. Mariete lo vio y acercaron el vehículo. En ese momento, pasó un coche de matrícula francesa que redujo la velocidad, y sus ocupantes, en pánico, los avisaron de que el fuego ya llegaba a la aldea de Valinhos. Que se fueran, que se fueran.

—¡Ya he llamado a los bomberos más de veinte veces y nada! —La voz de Jorge era un barco a la deriva.

—Pues a nosotros nos han dicho que el incendio es tan grande que uno de los frentes ya ha llegado a la carretera nacional. Los bomberos se fueron para ese lado. Hasta que no tengan refuerzos no podrán venir aquí. ¡Fueron ellos los que nos dijeron que nos marchásemos!

El coche arrancó, el teléfono de Mariete sonó. Llamaban de la asociación, con instrucciones de coger a los ancianos de la aldea y dirigirse rápidamente al pueblo.

—¡Llévate a mi padre! —le pidió Jorge.

—¿Y tú?

—Acabamos de cargar el ganado, voy a buscar el jeep y nos largamos. ¡Llévate a mi padre, por favor!

La señora Amelia ya estaba en la puerta; llevaba en la mano una bolsa de plástico con las pastillas para dormir y para la tensión, el rosario y una estampita con una oración a santa Bárbara. Parecía que supiera que la iban a buscar. En el umbral, que la mujer había barrido esa mañana, las cenizas negras bailaban en corro al ritmo del viento.

El tío João seguía debajo de la higuera y daba la sensación de que mascaba el mismo cigarro.

—Como te he dicho, ni la he tocado. Puedes llevarte la bolsa igual que la has traído.

—He venido a por usted. Tenemos que irnos, el fuego ya ha llegado a Valinhos.

—Pues iros; yo me quedo.

—No empiece, tío João, no es momento para cabezonerías. Nos vamos todos ahora mismo.

—Tú a mí no me das órdenes, hija de puta. Porque el idiota de Jorge te haga caso, no te creas que puedes hacer lo mismo conmigo.

Presenciando la tensión, Cidália salió de la furgoneta para convencer al viejo. Después de quince minutos, vieron que no desistía. El perro aullaba, uniéndose a un coro ensordecedor. El aire se volvió más oscuro y denso, el humo se extendió como una ardiente y asfixiante niebla imposible de soportar.

—Vete tú con la señora Amelia, yo me quedo con él —decidió Mariete.

—¿Estás segura?

—Sí, no hay tiempo que perder y este es más terco que una mula. Yo luego me voy en el coche de Jorge, tengo la llave.

Mariete intentaba llamar a la asociación, a Jorge, a los bomberos, a la guardia nacional, pero no había cobertura. Entró en casa e intentó llamar desde el fijo, también sin éxito. Se había ido la luz y el agua escaseaba. El viejo estaba en la parte de atrás con el perro, cuyos latidos y aullidos estaban ahora amortiguados por el monstruoso crepitar del fuego. Mientras llenaba cubos y barreños de agua, se repetía en la mente de la muchacha el comentario que el locutor de radio había hecho esa mañana: el sonido más alto que se ha registrado en la tierra fue la caída del meteorito Tunguska en Siberia. ¿Cómo es posible? ¿Más alto que este crepitar interminable de las llamas, que los decibelios del miedo, que los gritos que vienen de las casas más lejanas? El agua dejó de salir del grifo y se acumuló en los ojos de la joven, que ya se había quitado la camisa del uniforme y estaba en sujetador, sin pudor en medio de la tragedia.

Cayó la noche y la garganta naranja del dragón escupía fuego hacia el jardín de la señora Adelaide, hacia los pastos del tío João, hacia el tejado de la casa de Zé Miguel. El infierno surgía en una coreografía magnífica.

—¿Qué hacemos? —gritaba Mariete.

El viejo había perdido la sonrisa cínica. Ahora una nube de seriedad invadía su mirada. Solamente dijo:

—Trae la comida.

—¿Con todo ardiendo a nuestro alrededor y a usted se le ocurre ponerse a comer?

Estaban en la parte de atrás de la casa, y fue al anexo a buscar la bolsa. Abrió las fiambreras y le ofreció, pero él solo quiso el postre.

—No me quiero morir sin probar esto.

—Pastel de tapioca, tío João.

—Pues sí que está bueno.

Ella se acurrucó junto al melocotonero, con la cabeza enterrada entre las piernas, sollozando

—Ven aquí, anda. Llevo aquí ya muchos años, no tengas miedo. —Su voz estaba imbuida del antídoto del miedo, una especie de fe absoluta en nada.

Fue a buscar una azada y empezó a golpear las primeras llamas que el viento había extendido por la casa. Ella hizo lo mismo. De repente, oyeron un enorme estruendo, un sobresalto en el rugido ensordecedor de la barriga del monstruo, una indigestión del incendio. Era el coche de Jorge que había explotado.

Corrieron hacia la parte de atrás y saltaron a la alberca, ya casi desnudos. El viejo la cogió por el hombro:

—No tengas miedo.

Ella lo abrazó, sollozando. El mundo se derrumbaba a su alrededor, el espectáculo de la destrucción tenía música, movimiento, olor, luces, colores y un calor terrible. Mariete no quería acabar así, no había pasado tantas horas haciendo colas para conseguir el pasaporte para esto. Había dejado a su madre y a sus hermanos en Río de Janeiro para perseguir el sueño de ser modelo y lo único que había conseguido eran algunos trabajos de manos y pies para empresas de manicura y pedicura. Trabajaba en ayuda a domicilio para sobrevivir y para mantener el visado; aceptar casarse con Jorge sería más fácil, pero eso le cortaría las alas y la ataría a una aldea en la que nunca pasaba nada.

El perro estaba desorientado y el viejo intentaba salir de la alberca para salvarlo, aunque no tenía fuerzas para levantarse y gritaba:

—¡Pica, ven aquí! ¡Pica! ¡Ven aquí, Pica!

La higuera ya estaba ardiendo, el tejado del anexo también.

—¡La bombona de gas! —gritó Mariete.

—¡Pica, ven aquí, cabrón!

La cola del animal estaba en llamas.

Mariete salió fuera de la alberca y el viejo gritó:

–¿Pero qué haces?

El perro, enloquecido, huía de sí mismo como una pescadilla que se muerde la cola. Mariete se quemó los pies descalzos y se retorcía de dolor. En un impulso, agarró al perro, que la mordió en la muñeca, y con una fuerza que solo da la desesperación lo lanzó dentro de la alberca. Después se tiró ella, gimiendo de dolor, miedo y desolación.

El viejo la abrazó y dijo: «Mi perro».

Vieron juntos cómo el fuego consumía el bosque de eucaliptos que Jorge contaba con vender para comenzar a hacer la casa. Vieron cómo descendía hacia el arroyo, llevándose campos de maíz, el establo, el granero, el pajar con el tractor. Con los primeros rayos de sol, lo vieron subir hacia la otra ladera de la sierra, dejando un cuadro de cenizas, devastación y pequeñas hogueras que terminaban de tragarse grandes raíces.

Sabes que acaba de ocurrir una tragedia cuando todo lo que existe es silencio y destrucción.

La muchacha se vendó los pies y la muñeca con jirones de la camisa del uniforme y se puso ropa que se había salvado en el tendedero. Esperaba que Jorge apareciera para llevarla al hospital. Seguían sin luz, sin cobertura, sin agua. El viejo estaba ocupado en cuidar al perro cuando apareció el coche de la guardia nacional. Los agentes reaccionaron como si hubieran visto un fantasma; no esperaban encontrar a nadie vivo. Llevaron a la muchacha al centro de salud y quisieron trasladar al viejo al estadio municipal, donde iban llegando una multitud de desalojados y desplazados. No fue; se negó a abandonar al chucho.

Ya en la sala de espera de la consulta fue donde Mariete vio las horribles imágenes: una carretera llena de coches quemados, cuerpos al lado… Los periodistas hablaban de más de 50 personas muertas y, en medio de esa pesadilla que parecía interminable, la peor de las sospechas: el jeep de Jorge.

Llegó a casa del tío João en el coche de Zé Pedro. Cojeaba y tenía dificultades para respirar. Murmuró entre sollozos:

—Jorge…

El viejo al principio se rió; luego enmudeció y se fue a la parte de atrás de la casa. Pica estaba agitado, ladraba y aullaba. De repente, oyeron un gemido agudo y dejaron de oír al perro. El tío João volvió con la camisa salpicada de sangre y la navaja todavía abierta.

—Podéis iros. Ya no me queda nada.

Se quedaron pasmados.

—¡Desapareced! —rugió.

El día del funeral, el viejo fue al pueblo a arreglar unos papeles. Luego, se dirigió a la residencia de ancianos, donde murió un mes después.

Con las primeras lluvias del otoño, despuntaron entre las cenizas brotes verdes de retama y tojo. Mariete todavía cojeaba mientras recorría el camino que llevaba al molino donde ella y Jorge se habían besado una tarde de domingo.

El tío João le había dejado todo lo que tenía: la casa en ruinas, los bosques, los campos y algo de dinero. Fénix fue el nombre que eligió para el proyecto de agricultura biológica que iniciaría en los terrenos heredados.

Los pies cicatrizados pisaron descalzos la tierra y una idea se le pasó por la mente: ¿cuál habrá sido el mayor silencio alguna vez registrado? Tal vez el silencio de la aldea.

More by Sara De Albornoz Domínguez

Sín titulo

Mis dedos, toscos por el trabajo y la vejez, me arañan las mejillas cada vez que me seco estas lágrimas que no me abandonan. Estoy convencida de que el mar no tiene fin y no sé de dónde me nace tanto sufrimiento, si ya estoy muerta por dentro. ¿No habrá paz después de que todo termine? Nunca he visto el mar, pero sé cómo se hacen los caminos. Al agua nadie la atrapa, va siempre por donde quiere, pero yo sé encauzarla y sacar partido de esa tenacidad suya, antes de que se me vuelva a escapar y huya hacia los confines para llenar los vacíos de mi desconocimiento. Todavía no he llegado a vislumb...
Translated from PT to ES by Sara De Albornoz Domínguez
Written in PT by Daniela Costa

Esmeralda

Esmeralda Velas en vez de lámparas. Baldes en vez de bidés. Abortos accidentales, legales y en abundancia. Era la Edad Media, y otro parto casero tenía lugar. Feliz, nació radiante y se trataba de la primera niña con los ojos azules. La primera vez que nacían en la Tierra, por debajo del cielo celeste, oculares tonos de lo que está por encima, y no por debajo. El primer milagro de la estética, los ojos marrones o negros del reino nunca habían visto nada igual. La mujer salió a la calle. Llevaba hortalizas ecológicas en una mano y a la recién nacida en la otra. Quería llegar a la iglesia par...
Translated from PT to ES by Sara De Albornoz Domínguez
Written in PT by Luis Brito

Fragment of a diary

Prólogo Durante años, me bombardearon con historias sobre Angola. Historias que van de un extremo a otro, de quien se enamora al primer vistazo y se siente como en casa en este país o de quien lo odia y no es capaz de adaptarse. Historias delirantes que parecen ficción, porque hay algo dentro de ti que te dice que no pueden ser reales. Siempre pensé que exageraban bastante y, tal y como dice el refrán indicado para esta ocasión, cada cual cuenta la feria según le va en ella y, en este caso, con bastante imaginación. Durante años, no estaba segura de si conocer o no este país tan místico. H...
Translated from PT to ES by Sara De Albornoz Domínguez
Written in PT by Patrícia Patriarca

Cosas que nunca cambian

Yo aún estaba vacío de miedo hacia ti, por eso levantaba la mano, pidiendo la descendencia de la tuya. Y tu mano ahí descendía, música de ascensor, como paños calientes, tenía venas como los recodos de las serpientes siempre sigilosas, te mordías las uñas hasta que encogían como conchas, y tu mano ahí descendía, descendencia para darse a la mía, y nos entrelazábamos por medio de esas lombrices que son los dedos. Pobre de ti. Antes de eso, me llevaste en brazos, susurrabas canciones de cuna en medio de la noche cuando tú también necesitabas roncar. Me limpiaste el culete varias veces, tocaste c...
Translated from PT to ES by Sara De Albornoz Domínguez
Written in PT by Luis Brito

Sin título

Tumbada de espaldas, en el suave confort de las sábanas, con la mirada fija en un punto invisible del techo de la habitación, Carlota se esforzaba por regular la respiración que se mantenía alterada desde que el sueño ansioso que estaba teniendo la despertó. Ya ni se acordaba de lo que estaba soñando realmente, solo recordaba la sensación desesperada de ese despertar abrupto en mitad de la noche. Y desde ese momento intentaba de todas las maneras posibles, pero sin éxito, bajar el ritmo cardiaco. Desistió, echó hacia atrás el cobertor y se levantó de la cama, no sin antes escuchar una queja en...
Translated from PT to ES by Sara De Albornoz Domínguez
Written in PT by Patrícia Patriarca
More in ES

El descenso del abejorro

Día cero       Sus dedos volvieron a escaparse casi automáticamente hacia el móvil que había dejado junto a la sopa. No es que esperara algo quién sabe cuán interesante en la pantalla, pero la costumbre no lo dejaba en paz. Prefería desactivar la aplicación de citas en línea cada vez que volvía a casa de visita durante unos días. Y todavía no tenía del todo claro si lo hacía por él y su familia, ya que se sentiría incómodo si los ponía en una situación embarazosa, o si lo hacía para protegerse de las molestias de segunda mano, porque no aguantaba ver entre los perfiles apodos torpes y fotograf...
Translated from SL to ES by Xavier Farré
Written in SL by Agata Tomažič

El infierno

Al filtrar el ruido de los niños que están jugando, quedan algunos sonidos a los que, cada día, se aferra desesperadamente. Recoge los pocos que atraviesan las paredes. Siempre vienen acreedores a la casa de sus vecinos, a pesar de que no sirva para nada, porque el hombre no está dispuesto a pagar. «Ni aunque me saquen los órganos primero y luego me maten», le oye decir a su esposa cuando los acreedores se han ido. Ella se siente como un eslabón en las historias y los secretos de los demás. Frente a su casa, vive un hombre muy mayor que todas las mañanas pone un taburete en medio de la zona en...
Translated from NL to ES by Carmen Clavero Fernández
Written in NL by Aya Sabi

La evolución de una muela

47 noches aún El higienista dental me saca el gancho de la boca. —¿Ves? —pregunta casi orgulloso. En el gancho hay una capa de saliva grisácea. —Sale de la bolsa. Una palabra extraña para un hueco entre la encía y la última muela. Una bolsa suena grande, como algo en lo que guardas las llaves, puede que incluso gel hidroalcohólico o un teléfono. Todo lo que hay en mi bolsa son restos de comida triturada de hace meses. No mucho después se nos une el dentista. Me señala la mandíbula en la pantalla del ordenador. La muela del juicio inferior derecha está tumbada, sus raíces apuntan hacia ...
Translated from NL to ES by Daniela Martín Hidalgo
Written in NL by Alma Mathijsen

Hilos

No empiezo a buscarla conscientemente. Siento una conexión con ella alarmante e inexplicable y su desaparición me desconcierta. Cuando despierto, me pregunto dónde duerme y cómo vive, y sigo pensando en ella, masturbándome con suavidad y sedosidad bajo las sábanas, mientras observo las nubes a través de la ventana abatible. Cuando camino entre los puestos de fruta de nuestro barrio, paso las yemas de los dedos por las naranjas hasta que encuentro una que me recuerde a ella, una con los poros perfectos. Acabé en sus clases de yoga por un persistente dolor de cuello. El fisioterapeuta me recome...
Translated from NL to ES by Carmen Clavero Fernández
Written in NL by Hannah Roels

Aleksandra Lipczak Themed Text (PL)

El 28 de noviembre de 2020, un mes después de que el politizado Tribunal Constitucional prohibiese el aborto en Polonia, Magda Dropek, una de las organizadoras de las protestas de mujeres en Cracovia, escribió en Facebook: «Llevo varios años apoyando las protestas callejeras y durante todo este tiempo he estado segura de una cosa: no sé gritar ni corear, soy demasiado caótica para hablar con eficacia y lógica, por eso siempre se me ha dado bien trasladar mis pensamientos, pero al papel o a la pantalla, escribir, comunicarme sin voz. Esa es otra: mi voz, no soporto mi voz. Durante las últimas...
Translated from PL to ES by Joanna Ostrowska
Written in PL by Aleksandra Lipczak

La depuradora

Llevaba un rato de pie delante de unas casetas de obra, frotándose las manos por el frío. A lo lejos, sobre el río, pasaron como un rayo dos cormoranes. Después se puso a mirar en todas direcciones y a revisar un SMS llegado el día anterior. «Hola, Petra. Operación depuradora mañana a las 8. Encuentro en el puente delante de los módulos. A.» Lo leyó tres veces más hasta que se apagó la pantalla. La depuradora vieja y la nueva, que se repartían todos los residuos que vertía la ciudad, se alzaban una tras otra sobre la isla, como las dueñas y señoras del río. Mientras que la vieja se elevaba co...
Translated from CZ to ES by Daniel Ordóñez Franco
Written in CZ by Anna Háblová