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Original text "Wanneer de leugens zich razendsnel opstapelen" written in NL by Carmien Michels,
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Published in edition #1 2017-2019

Cuando las mentiras se acumulan a toda velocidad

Translated from NL to ES by Guillermo Briz
Written in NL by Carmien Michels

Yo no quería que aquello se convirtiera en un bombazo. Pero ocurrió así,  sin más. Conté en el instituto lo del accidente de tráfico y lo uno llevó a lo  otro. 
Estaba tan hasta las narices de los exámenes que muchas mañanas  me quedaba dormido, y eso que siempre me proponía hojear antes del  examen todo lo que aún no me hubiera aprendido bien. Después del mo lesto pitido del despertador de mi madre, que entraba a trabajar muy tem prano, me dormía otra vez tan profundamente que apenas oía mi propia  alarma. Mi padre solía aparecer justo a tiempo para sacarme de la cama.  Pero el lunes del accidente no lo hizo. Por suerte teníamos unos vecinos de  mierda que se peleaban en los momentos más inverosímiles. Aporreé la  pared para agradecerles sus entrañables alaridos. 
Poco después di tres golpecitos en la puerta de la habitación de mi  padre. 
—¡Las ocho menos cuarto! 
Su cuerpo se movió bajo las sábanas. Rodeé la cama y me acerqué a  su mesita. Había una caja de pastillas, los mismos somníferos que tomaba  mi madre. Estaba tapado de arriba abajo. 
—¿No tienes que ir a trabajar? 
Con un brazo cansino apartó la sábana y asomó la cabeza. Tenía cara  de sueño. Cogió las gafas, que estaban sobre la mesita. 
—Son las ocho menos cuarto —dije.  
—Ahora me levanto —gruñó, mostrando su más encantador cabreo  mañanero. 
Más tarde lo vi en el baño mirando su propia imagen en el espejo,  con una manopla de ducha en la mano. Cuando se dio cuenta de que lo  estaba observando la arrojó al lavabo y salió sin mirarme. Y sin afeitarse. 
Me puse el abrigo a toda prisa mientras él seguía sentado a la mesa de  la cocina tocándose las narices. 
—¿No vienes? —pregunté. 
—Hoy entro más tarde —respondió rascándose la barbilla. —¿Te vas a dejar barba? 
—A lo mejor. 
—¿Y a tu jefe qué le parece? 
Se encogió de hombros. 
—Estoy cansado. Ya hablamos esta noche. 
Los tíos que solían juntarse en el parque infantil se echaron a reír  cuando pasé a su lado corriendo. Uno de ellos tocó la bocina. Yo odiaba las  motos, especialmente las noches en que no me dejaba dormir el jaleo que  hacían cuando echaban carreras. Y encima, cuando se te acercan, te escu pen a la cara ese humo tan apestoso. Sin pensarlo les hice un corte de  mangas. ¿Dónde tendría yo la cabeza? Por un instante breve pero fatal debí de imaginarme que era más fuerte que ellos, que era invencible, como  David. 
Pero aquel Goliat tenía una moto, que arrancó de un pisotón con  sus botazas militares. Eché a correr para salvar la vida. No me costaba nada  imaginarme a ese tío yendo todas las noches a clubs marginales solamente  para partirse la cara con otros matones como él. O a lo mejor era un miem bro de la banda que asaltaba teterías y mandaba al hospital de una paliza a  viejos musulmanes barbudos. 
Mientras oía cómo se me acercaba la moto aceleré como un atleta de  élite cuando tiene a la vista la línea de meta; en mi caso, la esquina si guiente. Si la alcanzaba, Goliat tendría que frenar y quizá pudiera despis tarlo. 
Por supuesto, no había previsto que alguien doblara la esquina justo  en ese momento. Y mucho menos que fuera montado en una silla de  ruedas eléctrica. No fue precisamente el simpático tropezón con el que co mienzan las películas románticas. Lo que sí puedo decir con cierto orgullo  es que me sacrifiqué. Instintivamente pensé primero en el bienestar del  cojo y solo después en el mío propio. Salté justo a tiempo para no chocar de  lleno contra el vehículo y volcarlo con pasajero y todo. Un gato habría  caído de pie tras una maniobra como esa pero, por desgracia, a mí se me  quedó enganchado el zapato en uno de los reposabrazos y acabé estampado  contra el suelo. Apenas me dio tiempo a protegerme la cara con los brazos para evitar daños irreparables. 
Pensé que me moría. El dolor era tan intenso que no tenía fuerzas ni  para recoger mis pedacitos. Me pareció buena idea quedarme allí tumbado  hasta que llegara la ambulancia. A lo mejor tampoco se dormía tan mal en  el suelo.  
Oí cómo la moto se detenía no lejos de mí. Eso me dio nuevos bríos.  Me levanté como un resorte y quise echar a correr, pero mis piernas pare cían de gelatina y se negaron a obedecerme. 
No contaba con que el hombre de la silla de ruedas se levantara para  echarme una mano, pero sí habría esperado algo de compasión. Gracias a  mí, el carrito seguía en pie y sin un arañazo, y él solamente se había llevado  un susto. La verdad es que debería estarme muy agradecido. Y, sin em bargo, el tipo se puso a insultarme con un acento tan rasposo que al princi pio me sonó a noruego o finlandés, pero que resultó ser neerlandés de  Holanda. 
—¡Cabrón de mierda! ¡Subnormal de los cojones! ¡Hijo de la gran dísima puta! 
Contra todo pronóstico, Goliat se puso de mi parte. Primero sacó  una botellita de agua que llevaba bajo el asiento de la moto, y me la dio.  Después se plantó frente a la silla de ruedas.
—A relajarse —dijo.  
Al hombre de la silla lo impresionó claramente aquel chico de  cabeza rapada, chupa de cuero rojo oscuro, vaqueros negros y botas milita res. Se calló de golpe, agarró el manillar de la silla, se hizo a un lado con un  giro brusco y se alejó soltando tacos. 
—¿Estás bien? —me preguntó el chico. 
Tenía los brazos despellejados y llenos de piedrecitas y porquería.  Notaba también que el labio se me estaba hinchando como un balón. Asentí con la cabeza mientras lo miraba con los ojos muy abiertos.  Qué sorpresas te da a veces la gente. ¿Quién iba a decir que aquel tío era tan  majo? ¿Quién iba a decir que un tullido me llamaría hijo de la grandísima  puta? Yo pensaba que los que usaban silla de ruedas eran amables por defi nición. O, en cualquier caso, que se mostraban agradecidos si les librabas  de una tragedia. Pero aquel en concreto era un imbécil de talla mundial. Cuando llegué al instituto, la de secretaría me escoltó hasta el boti quín, me desinfectó las heridas y me empapeló a base de tiritas. Cuando  terminó me mandó a clase, donde veinticinco borreguitos regurgitaban  sobre un papel y contra el reloj conocimientos a medio digerir. Eli fue el  primero en levantar la vista. El tío era un superdotado. No le hacía falta es tudiar mucho, resolvía rápidamente cualquier problema y lanzaba mirabas  de reproche a su alrededor mientras los demás sudábamos tinta china en  medio de un examen dificilísimo. Yo tampoco tenía que estudiar mucho  para sacar buenas notas, pero no tenía tanto afán de reconocimiento como  él. Eli nunca perdía ocasión de alardear de su inteligencia. —¿Qué te ha pasado? —preguntó. 
—Eli —le reprendió la profesora mientras señalaba el lugar donde  yo debía sentarme. No demostraba tener más empatía que el hombre de la  silla de ruedas. 
En el recreo, la clase entera hizo un corrillo a mi alrededor. Nunca  antes habían caído sobre mí tantas miradas ávidas de emociones. Tenía que  darles una historia impactante. Así que les conté la verdad y nada más que  la verdad. Que me había atropellado un coche y se había dado a la fuga. 
El pobre Mickey propuso arrancar la estrella del capó de todos los  Mercedes. 
—Eso está más visto... —respondió alguien. 
—Tiene que ser algo que afecte sólo a los que hayan hecho algo  malo —dije yo, con gran sentido de la justicia. 
Entonces a alguien se le ocurrió que podíamos usar una señal propia  para marcar los coches de los conductores bestias. Algo que nos indicara  que el dueño era un hijo de puta, para que pudiéramos rayárselo con las  llaves sin ningún cargo de conciencia. 
—Algo que se vea bien y que sea difícil de quitar —sugerí.
—¡Típex! —dijo alguien. 
—¡Eso! —respondí—. Cruces blancas, como las de las plagas de  Egipto. 
Siempre me gustaba presumir de haber leído la Biblia, especialmente  si Eli estaba delante. 
—Eran cruces rojas hechas con sangre de cordero —dijo Eli—, para  las casas de los inocentes. 
—Pues por eso las nuestras son blancas —respondí con su mismo  tono aleccionador—, para los culpables. 
En realidad no había leído la Biblia, pero en aquella época estaba ob sesionado con una serie de relatos de intriga que comenzaban con alguno  de sus pasajes más conocidos y terminaban en nuestros días. Era alucinante  ver cómo un incidente entre dos personas podía influir miles de años des pués en la humanidad al completo. Cada libro terminaba con una máxima  del tipo: «Y así, las ondas que crea en el agua la mano de un niño pueden  convertirse con el paso de los siglos en un tsunami que todo lo arrasa». 
Mientras tanto, Arthur se había apropiado de la idea. Quería comer cializarla. No es que lo dijera, pero pronunciaba esa palabra tan a menudo  que me ponía literalmente enfermo sólo con que a él se le pasara por la  cabeza. A través de su padre, que era mayorista, iba a conseguir al día si guiente unos adhesivos rojos especiales que no había forma de eliminar  una vez pegados.  
—¿Para qué se usan? —pregunté, pero él siguió a lo suyo, como un  auténtico hombre de negocios. Quería hacerlo a lo grande; iba a abrir una  página en Facebook para pregonar a los cuatro vientos el golpe que el des tino me había deparado. Para compartir con el mundo que la juventud  entera estaba expuesta al salvajismo del automóvil. Y, por descontado, yo  sería la imagen de la campaña. Miré al techo y suspiré. 
Al resto de la clase le entusiasmó la idea. Me sacaron fotos para col garlas en internet, como si yo fuera una parada obligatoria para el turismo  de catástrofes. Me tapé la cara con las manos, pero a las tías, que normal mente se pasaban todo el día dándose cachetes en las tetas las unas a las  otras, de repente les pareció divertidísimo tirarme al suelo e inmovilizarme, sujetándome los brazos y las piernas con las rodillas, para poder sacarme  fotos a vista de pájaro. Cualquier cosa con tal de que yo no sufriera más  daños físicos o psíquicos. La reacción de mis compañeros fue de lo más re confortante. 
Me alegré al ver el susto que se llevaron mis padres cuando llegué a  casa por la tarde. Al menos era un signo de compasión. Les conté lo que de  verdad me había pasado, lo del tío del instituto que la tenía tomada con migo. 
—A mí me robaban los yogures en el trabajo—dijo mi madre.

Vaya, ya estaba tardando. 

—Y yo sabía quién. Por eliminación. Sabía quiénes no eran, así que  sabía seguro quiénes sí eran. Si lo hubiera dicho abiertamente lo habrían  negado sin más y me habrían hecho quedar como una paranoica. Lo cual era verdad. Ironías de la vida. 
—¿Y entonces qué hice yo? 
—Echar en los yogures una buena dosis de laxante. 
Mi madre soltó una risita nerviosa. 
—Exacto. Y luego pegué las tapas otra vez, como si los acabara de  traer del supermercado. Nunca me han vuelto a robar nada. Pues eso  mismo es lo que tienes que hacer tú. 
Me dio unos golpecitos en el pecho con el dedo. 
—O sea, que tengo que echarle laxante en el yogur al tío ese para que  deje de machacarme. 
—Menos guasa. ¿Es ésta la educación que te he dado? No, tienes  que ser previsor. Anticiparte a ellos. Vengarte antes de que te toquen un  pelo. 
Lo dijo con voz grave y tranquila, como si me transmitiera un men saje de la mafia.  
Capisce —respondí usando el mismo tono.

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