Ruben nos ha invitado a Lottie y a mí a una nave donde la gente va a bailar. En realidad, debes tener más de dieciocho años para entrar, pero según Ruben el portero no suele poner pegas.
Me he cepillado el pelo y me he hecho unos smokey eyes. Pienso en enviarle un mensaje a Dorian; escribo algo rápido y lo borro. No sé qué pensarían mis amigos de ella.
Lo que más me gustaría es poder irme sin decir nada, no quiero que mamá me vea así, con los ojos delineados en negro.
Cojo mi bolso y meto algo de dinero, un billete de tren y mi brillo de labios con purpurina.
Mamá está abajo leyendo una novela sobre la vida de las mujeres amish. Se trata de una serie que yo también me he leído; ahora nos decimos denki para darnos las gracias. Alza la mirada y suspira profundamente.
—Judith —dice decepcionada mientras me examina de arriba abajo.
—Bueno, me voy —respondo.
—¿No irás a presentarte así ante el Rey de los Reyes, verdad? —reclama al mismo tiempo que aparta el libro de los amish.
—¿Acaso me dirijo ahora mismo al cielo? —replico bruscamente.
—Exacto, tú misma lo has dicho —dice mamá mientras levanta las cejas.
Hundo más los pies en mis deportivas, me doy la vuelta y doy un paso hacia la puerta principal.
—Que vayas así, con tu cabeza bautizada… —dice mamá.
—No volveré tarde y el autobús nocturno para aquí cerca —explico mientras agarro las llaves dentro del bolsillo de la chaqueta.
—A ver —dice mamá—, me parece muy bien que hagas el curso Alpha, pero de verdad no entiendo por qué habéis elegido este plan. Podríais ver una peli aquí o algo, puedo preparar unos nuggets…
Y rápidamente se levanta para ver qué tenemos en el congelador. Claro, como si yo fuese a llamar a mis amigos para cancelar el plan y proponerles comer unos putos nuggets.
—También tengo rollitos de primavera —grita con la cabeza dentro del congelador—. A Lottie le encantan, ¿no?
—¡Mamá! —grito y tiro tan fuerte de mi chaqueta vaquera colgada en el perchero que se rompe la presilla—. Como si tú hubieses sido una santa.
Mamá no responde, lo que en cierto modo es aún peor. Me mira fijamente con frialdad y con un paquete de rollitos en la mano.
—Me ha acercado más a Dios —dice y cierra de golpe el congelador y se echa la trenza hacia atrás—. Ese siempre ha sido mi deseo: estar lo más cerca posible de Él.
Pronuncia cada palabra con claridad, con el rostro serio.
—Y tú, ¿qué?
De verdad cree que puede convencerme para que me quede, pero yo ya estoy decidida.
Lottie, Ruben y yo estamos en la cola junto a muchas otras personas que conocemos del instituto. Es la primera vez que salgo de fiesta y la libertad revolotea en mi vientre, me excita. Miro a mis amigos y pienso en el pasado, cuando me entretenía en los recreos tirando una pelota de tenis contra la pared.
El portero controla mi carné y me dice que me lo pase bien. Lottie me aprieta la mano. No hay nadie que me detenga. Esto es lo que significa el libre albedrío, pienso. Miro la cabeza cuadrada del portero y me pregunto si será un emisario de Satanás.
Guardamos nuestras chaquetas en taquillas y Ruben nos pide a todos un ron cola. No tengo ni idea de a qué sabe, pero Lottie actúa como si fuese la mejor bebida del mundo. Me lo bebo rápidamente para no quedarme torpemente con el vaso en las manos, pero un compañero enseguida me trae otro más.
La nave tiene tres salas y en cada sala suena un estilo de música distinto, nos explica Ruben. Una de las salas tiene temática de après-ski con música comercial, en otra suena música R&B y arriba está la sala con tecno.
Ruben nos guía. En la escalera siento las miradas de chicos nada cristianos.
Sigo a mis amigos hasta que nos encontramos en medio de una sala llena de gente bailando. Lottie balancea las caderas y mueve la mano en el aire. Me resulta extraño que pueda hacerlo, que sea tan sexy. Me pregunto si lo habrá aprendido de las comedias románticas. Las ve cada fin de semana con su madre, y los sábados comen patatas fritas y pizza. A la vez.
No tarda en aparecer un chico detrás de Lottie. Empuja su entrepierna contra sus nalgas y baila con ella. Lottie sonríe tímidamente y me mira. Me doy cuenta de que he dejado de bailar y me he quedado mirándola. Poco a poco le devuelvo la sonrisa. Esto es normal, completamente normal. Esto es lo que hace la gente en una discoteca.
—¿Guapo? —vocalizan los labios de Lottie sin sonido.
Miro la cara del chico, escondida bajo una gorra, y niego con la cabeza. Me acerco a él y le digo que se largue.
El chico se ríe de mí, pero enseguida busca a otra contra la que restregarse. Lottie me abraza mientras coquetea con otro chaval. Me doy cuenta perfectamente.
Miro hacia arriba, a las luces de la discoteca. Jesús puede volver en cualquier momento y me va a pillar aquí.
—¿Quién quiere otra copa? —pregunta una compañera.
Su voz es fuerte y chisporrotea en mi oído.
—Ya voy yo —respondo y atravieso la gruesa puerta gris escaleras abajo.
Es un invernadero de cristal bañado en azul. Nunca he visto nada así. El humo se enrosca como un dedo que me hace señas. Dentro, la música retumba menos. Huele a algo dulce. Me siento mareada por el alcohol.
Un chico me ofrece un cigarrillo.
—Te conozco, ¿verdad? —pregunta con ojos casi llorosos.
—No que yo sepa —contesto asustada.
El chico me acerca una llama. Aspiro.
Oigo una voz conocida. Es Ruben.
—Pensé: voy a echarle una mano con las copas —dice mientras examina al chico de arriba abajo.
Exhalo el humo lentamente por la boca y por la nariz.
—Y entonces vi que estabas aquí.
Ruben no deja de mirar fijamente al chico mientras me habla. Apoyo la cabeza en su hombro. Me siento mareada.
—Vámonos —digo.
—Qué tipo más raro —dice Ruben mientras sacude la cabeza y añade:
—No sabía que fumabas.
—Es que no fumo —respondo y nos echamos a reír.
Le paso el cigarrillo. Le da una calada y tose.
—¿Qué te parece este sitio? —pregunta Ruben.
—En momentos como este siempre tengo miedo de que me vea Jesús —contesto.
Unas cuantas personas en la zona de fumadores se dan la vuelta. Algunas caras parecen retocadas con una goma de borrar, mientras otras se desdibujan como pintura aplicada con demasiado espesor. Entorno los ojos hasta convertirlos en rendijas.
—¿Lo dices en serio? —pregunta Ruben.
Asiento con la cabeza y sonrío.
—Vaya.
Se tira del lóbulo de la oreja.
—Siento miedo a menudo —continúo—, pero tampoco sé muy bien por qué.
Me encojo de hombros. Me alivia decirlo en voz alta.
—¿Qué te da miedo? —pregunta Ruben.
Me pongo de puntillas a su lado y él se agacha un poco.
—Pues mira, hace un momento miré a esa chica de allí y, de repente, su rostro se derritió. Sus ojos, su nariz y su boca desaparecieron en una masa del color de su piel.
Ruben lanza una mirada discreta a la chica.
—Lleva una cantidad inmensa de maquillaje —susurra a su vez—. Suda tanto que se la va a acabar derritiendo la cara y se le va a caer por ahí.
Señala un desagüe de ducha situado en medio de la sala de fumadores.
Me río. No cree que esté loca.
Me siento en un banco junto a la pared de cristal. Ruben se acerca y su cadera roza la mía. Me pregunto si me habrá seguido. ¿Cómo es posible que supiese que estaba aquí? El espacio es tan azul que apenas se distinguen los rostros.
Me quedo observando el suyo. Veo el comienzo de un bigote y una barba, pero no tanta como para que deba afeitarse. Tiene una mancha oscura en la mejilla que se extiende como el aceite en el agua. Es un agujero negro que me absorbe.
Entonces el agujero se convierte en un espejo que nos refleja. Veo cómo me rodea con un brazo; un brazo que me empuja hacia abajo y me hunde en el banco.
—Eres realmente especial —dice.
Su voz me suena desde muy lejos.
—Gracias —respondo y aparto su brazo.
Al menos, eso creo, pero tengo tan poca fuerza en la mano que el brazo no se mueve.
—¿Qué pasa? ¿No puedo rodearte con el brazo? —pregunta entre risas.
Me sujeta la nuca entre el pulgar y el índice, y me masajea la zona justo debajo de la línea del cuello.
Mi cabeza se balancea sobre mi torso. Cuando me suelta, siento que se me cae.
—Íbamos a por unas copas —digo.
—Ah, sí, es cierto.
Ruben me ayuda a levantarme. Floto detrás de él, agarrada con una mano. En la barra, me levanta en brazos y le grito lo que queremos al camarero.
Arriba en la sala Lottie coge su bebida.
—¿Por qué has tardado tanto? —me grita al oído.
—Creo que a Ruben le gusto —respondo.
—¿Y te acabas de dar cuenta ahora? —grita de nuevo.
Le da un gran trago a su ron cola y se pone a bailar. Damos vueltas juntas y Ruben me sonríe.
Lottie crea espacio mientras baila. Me guiña un ojo.
Mi cuerpo se tensa.
A mamá le encantaría que Ruben fuese mi novio. Así podría mimarlo.
Él arquea una ceja y se acerca cada vez más.
Bailamos. Su brazo roza mi hombro.
Espero sentir lo mismo que sentí con Dorian, pero no es así. Se me hace un nudo en la garganta.
A mamá le encantaría.
Ruben se inclina hacia mí.
Su rostro se deforma, se agita como la imagen del huracán del libro de geografía.
Dice algo que no entiendo. Su voz suena hueca y me da miedo.
—Tengo que ir al baño —grito a modo de excusa y me escabullo, justo antes de que intente besarme.
En el baño huele a desodorante y a laca para el pelo. Me meto en un cubículo y me siento en el inodoro, sin bajarme los pantalones. Me tapo los oídos con las palmas de las manos.
Oigo sirenas a todo volumen. No sé si es el cuerpo de bomberos, la policía o una ambulancia. Las letras de la puerta se desdibujan hacia abajo como el rímel corrido en un rostro bañado en lágrimas.
Mamá tenía razón. ¿Qué hago aquí con mi cabeza bautizada? Yo también preferiría estar leyendo un libro sobre los amish.
Oigo la voz de Lottie. Me está llamando.
Intento decir algo, pero no me sale ningún sonido de la garganta.
—¡Veo tus zapatos, Judith! —grita y da un golpe en la puerta.
La desbloqueo, Lottie entra y la cierra detrás de sí.
Mi respiración se acelera. No consigo concentrarme en nada.
Me pone una mano en el hombro y esa mano se hunde en mi cuerpo y ahora la he perdido y tengo miedo de que me quite algo: un órgano o mi alma.
—Oye —dice Lottie mientras se arrodilla en el suelo sucio—, Judith.
Me pone las manos sobre las rodillas.
Intento mirarla, pero cada vez que lo hago su rostro se deforma. Dice mi nombre y suena como un monstruo que se abalanza sobre mí.
—Estás muy pálida —dice Lottie—. Por favor, di algo.
Me acaricia la mano. Miro sus venas azules que se alzan como trompas de elefantes y se enganchan en mis venas.
Se convierten en gusanos y luego en serpientes. Se enroscan alrededor de mí, con sus cuerpos pesados y resbaladizos. Me dan miedo sus cabezas, sus bocas abiertas de par en par. Cuando cierro los ojos, me hundo en una pequeña tumba.
Hace frío, está oscuro y todo está en silencio. Nadie me presta atención, pero Lottie empieza a tirar de mí.
Casi la mato en la piscina exterior. Me sorprende darme cuenta de lo mala que soy. Sé que soy una pecadora, pero siempre pensé que era menos mala que Hitler, o Mao o Pol Pot.
Preferiría que me dejase aquí sentada, que me tirase por el váter como un pez de colores muerto.
—Vamos —dice con determinación—, salimos afuera.
Lottie me levanta y me lleva hacia fuera. Siento que mis piernas miden metros y metros, y que mis pies son como pezuñas.
Hay un aparcamiento. Farolas. Envases de plástico vacíos y bolsas de patatas fritas. En algunos coches veo a gente besándose.
Lo registro.
Sin darme cuenta, Lottie se ha encargado de reunir a los demás. Rubén me hace preguntas breves. ¿Puedo decir mi nombre, puedo decir dónde estoy o cuántas copas me he tomado?
Me da tanta vergüenza que respondo obedientemente a todo. Lottie respira aliviada. Un pájaro chillón choca contra el interior de mi cráneo.
—Por un momento temí que tuviésemos que ir al hospital —le dice a Ruben.
—Entonces no nos dejarían salir nunca más.
Están a mi lado y, sin embargo, no consigo acercarme a ellos; sus voces suenan muy lejanas.
—Estoy cansada.
Es lo único que logro decir. Me siento en el bordillo de hormigón de un aparcamiento.
—El autobús nocturno llegará enseguida —aseguran Ruben y Lottie al unísono.
Los dos se sientan junto a mí, uno a cada lado.
Apoyo la cabeza en el hombro de Lottie y Ruben se recuesta contra mí.