Después de Halloween empecé a acostumbrarme a mí misma como limpiadora. Fue fácil, pensé. El uno de noviembre lloré. Es curioso, porque antes las tumbas no significaban nada para mí. Ahora no sabía exactamente qué iba a echar de menos: ¿el olor de las velas y de los crisantemos empapados? Fui a verte y te pregunté:
—Anka, ¿se me nota? —A pesar de la hora temprana, ya tenías los ojos cansados. Brillaba una luz inconsciente, extraña, de noviembre.
—¿Qué? —preguntaste.
—Que soy limpiadora, ¿se nota? —Quería que lo negaras rápida y rotundamente.
Pero te quedaste pensando. Te recostaste en el sillón, me miraste y te rascaste la mejilla. Me arrepentí de haberte hecho esa pregunta, porque tú siempre decías la verdad. Y yo no quería la verdad, no hoy. Finalmente, respondiste:
—No, todavía no.
Y eso me dolió más que un «sí». «Todavía no». Un año antes estaba trabajando en una «gran institución cultural municipal», era una veterana de las relaciones fallidas y la cuidadora de la perra Luna. ¿Era algo que se veía desde fuera? Ahora era limpiadora. Me lo decía mi cuerpo, magullado y cansado, con dolor en las lumbares, no por motivos deseados, sino por cargar aspiradoras Dyson y cubos. Me lo decían los cardenales en las piernas y los brazos, por los constantes choques contra paredes, esquinas y bordes. Los dolores de cabeza por el Clorox, los dolores de mandíbula de tanto apretarla. El dolor artrítico en los dedos de sujetar todo el rato el mango de la escoba o de la aspiradora, y de sumergirlos en agua fría. Parecía una ciruela mirabel madura en agosto, era un dolor amoratado. Pero, en realidad, no era el cuerpo lo que más me dolía, sino el idioma.
Los clientes tenían la costumbre de hablar de nosotras cuando estábamos delante. Le hablaban de mí a la boss, mientras yo, con la cabeza gacha, fregaba la teibol. Entendía cada palabra. El cliente dijo: «Esa lo ha limpiado mal, ven, Terresa, te lo enseño», con esa «rr» arrastrada de los americanos. Teresa asentía, porque ¿qué otra cosa podía hacer?; sabía que no había sido yo. Pedía disculpas por mí, estando yo delante, y yo guardaba silencio, porque otra regla de oro de las limpiadoras era: no discutas con los clientes. Sobre todo cuando tienes razón.
«Esa»: no dejaba de pensar en aquella palabra. Esa, la licenciada en Bellas Artes; esa, la profesora; esa, la amiga; esa, la limpiadora. Esa. Yo.
(…)
Me pediste que me sentara en un sillón blandito y amarillo frente al televisor. Lo encendiste. La imagen era granulada. Primero vi en la pantalla ese mismo sillón y, sentada en él, a una chica parecida a mí, con mi silueta, mi peinado y mi ropa. Hacía mis mismos gestos. Pusiste el sonido y empezó a hablar con mi voz. Era yo. «Esa». «Esa» dice:
—Sin siquiera se trata de dinero…
Utilicé una expresión de mi madre, incorrecta, disfrutando de forma perversa al hacerlo, y, como ella, empecé la historia desde la mitad, para que luego la tensión no hiciera más que crecer. Así cuentan las historias los narradores consumados, los maestros del oficio. En la grabación que estoy viendo, hablo mal a propósito, pero solo Anka y yo vemos esa intención. Empiezo a sentir vergüenza. «Esa» dice:
—Sin siquiera se trata de dinero, porque eso es facilito, se lo pides prestado al banco, trabajas unos días, ganas algo, te dan una tarjeta de crédito. No pagas impuestos, porque no existes, pero incluso si los pagaras, podrías ser más rica que muchos de los americanos para los que trabajas. Por eso, a veces tienes un coche mejor, ropa mejor, una casa más bonita y mejor decorada. Puedes permitirte mejores vacaciones. Eso sí, que no lo vean. Cuando una de las clientas de Jadźka se enteró de que se había ido a la República Dominicana, les dijo a las chicas que devolvieran las llaves y que no volvieran nunca más.
Me observo reprimiendo el impulso de llevarme el dedo a la boca y morderme la uña. En la grabación sigo hablando:
—Los clientes se creen que somos unas pordioseras a las que ellos les están salvando la vida. Pero nosotras comemos en los mismos restaurantes, tenemos el mismo modelo de iPhone y la misma bicicleta. Hacemos la compra en Whole Foods. Y aun así, eso no significa nada, porque no tienes papeles. Los papeles son el santo grial. Papeles, papeles, su frufrú flota sobre Burton. Es el tema de conversación por excelencia: quién tiene papeles, cuáles, de dónde los ha sacado, cómo conseguirlos, a quién pedírselos, dónde ir, qué hacer sin papeles, qué hacer con papeles. Papeles, papeles. Pero incluso eso acaba importando menos que el idioma. Soy limpiadora, así que solo conozco palabras de limpiadora. Y ya está. La mayoría de las veces basta con decir una sola palabra y el cliente ya entiende de qué va la cosa. No vas a preguntar con una frase completa y educada: «Buenos días, perdón por molestar, ¿podría decirme dónde están las toallas de papel?». No hay tiempo, tiempo, tiempo. Dices paper towels y punto, funciona. Y eso te humilla. Y eso te bloquea. Y acabas acostumbrándote. A veces hacía de intérprete entre el cliente y otra limpiadora que hablaba inglés incluso peor que yo. Jadźka decía: «Coño, dile que la aspiradora ya estaba rota desde la última vez; que se joda, que se compre otra y que no dé más por culo. Pero que sea mejor, que pese menos. Díselo. Yo no la he estropeado». El cliente capta el tono, ve la expresión de la cara, pero no entiende las palabras. Yo intento traducirlo, pero ese idioma también se desmorona en mi boca. Jadźka está a mi lado, sigue hablando atropelladamente, agitando las manos, y yo, por fuera tranquila, por dentro tiemblo. El cliente espera, el cliente mira. Al final, digo: «We need a new vacuum». Y eso es todo. Las limpiadoras mayores, las que llevan aquí treinta años, conocen solo palabras sueltas. A los clientes les dicen sin parar: ¡okei, okei! Una vez, en el Walmart, Jadźka chocó contra un tipo corpulento con el carrito y le dijo «senquiu». Por suerte, estaba con ella su hija, que dijo «sori».
Sonrío, y la chica del vídeo, es decir, yo, hace una pausa larga y enciende un cigarrillo. Anka podría haberlo cortado, haberlo eliminado en el montaje, pero ya la conozco bien y sé que nunca elimina lo que para ella es importante. El silencio es importante. Y esa chica, es decir, yo, guarda silencio. Y, de repente, vuelve a hablar:
—Teresa siempre decía: «Sin el idioma, uno no es nadie». Yo me pondría a contarles cosas, a reírme con ellos, les sacaría conversación de alguna manera. Pero me quedo en silencio; no soy yo misma. La primera vez que me estrellé contra el idioma fue con una gente estupenda. James y Joanna trabajaban en el ejército, eran jóvenes, de mi edad. Tenían una casa nueva, un niño pequeño, y yo era su primera limpiadora. No sabían cómo comportarse, y quizá por eso eran simplemente amables. Nos caíamos bien, estaban contentos con mi trabajo, escuchábamos música juntos mientras limpiaba. A veces James intentaba echarme una mano, pero no tenía ni idea y no hacía más que estorbar. Y todo lo que había entre nosotros era cálido, casi de amigos. Una vez, mientras limpiaba la cocina, comentó que sus compañeros de la unidad estaban en Polonia de maniobras. Me preguntó por la Unión Europea, qué opinaban los polacos, qué pensaba yo. Si hubiera sido Irena, de Bochnia, o Marzena, de Zambrów, que se habían marchado de Polonia treinta años antes, le habría dicho que era una porquería y habría dado por terminada la conversación. Pero era yo, con mis propias opiniones, observaciones y teorías. Entonces, cogí carrerilla para contarle a James cómo era Polonia en los años noventa: la crisis económica, que había empezado incluso antes de la transición, el trauma y el dolor de la terapia de choque. Qué cambió la entrada en la Unión, qué enseñó, cómo dividió a la sociedad; la cantidad de pasta que se traga la administración de la Unión Europea, lo absurdas que son algunas normativas, en qué se traducen las inversiones europeas en Polonia. Pero nada, ni una palabra, ni una asociación de ideas, ni siquiera un amago de frase. Todos aquellos pensamientos bullían en mi cabeza, hasta que, al final, abrí la boca y dije: «It’s great». Y, de repente, me puse roja y se me llenaron los ojos de lágrimas.
En la grabación también me pongo roja. Fumo. Me siento mal. Esa chica se siente mal. Soy como Irena, de Bochnia, y Marzena, de Zambrów, soy como mi madre, no soy mejor que ellas en nada. Así que, después de un larguísimo rato, cuando James ya se había olvidado de lo que estábamos hablando, en la grabación me armo de valor y digo:
«Me gustaría decirte lo que realmente opino sobre este tema. Pero en tu idioma me faltan las palabras». James solía decirme que mi nivel era bueno. Era un chico agradable, pero sabía que no podía hablar con él de nada que fuera realmente interesante para los dos. El segundo tiempo, el tercero y la prórroga tuvieron lugar en casa de Bill y Amanda, un matrimonio de profesores de Princeton, ya mayores. La anterior empleada de limpieza, Danka, había trabajado en su casa veinte años, así que mi llegada fue para ellos un gran acontecimiento. Bill se alegró mucho de que yo hablara inglés; eso se lo dijo a la boss, no a mí, claro. Su casa era muy original, nada americana. Con mucho estilo, llena de muebles, cuadros y esculturas, todo precioso. No estaba desordenada, más bien era una especie de trastero artístico refinado, y para una limpiadora, para mí, eso era incluso mejor: menos superficie que limpiar. La primera vez que limpié allí, me fijé en las esculturas. Eran muy buenas. Bill me dijo que de vez en cuando visitaban galerías de artistas jóvenes y compraban las obras que les gustaban. Le pregunté si era crítico o historiador del arte, y él respondió que era solo un apasionado. No le dije que yo era historiadora del arte, él tampoco preguntó nada. Los clientes evitan saber sobre nuestras «vidas anteriores», más aún si se nota que somos cultas y jóvenes. Bill era un gran charlatán, algo de lo que ya me había advertido Danka, tenía mucha labia. Empezó a relatar con todo detalle la historia de una de las esculturas, pero yo solo entendía palabras sueltas. A duras penas logré deducir que la había realizado un artista californiano utilizando puertas de casas embargadas a sus propietarios por los bancos tras la crisis financiera de 2008. Quise decirle que me parecía otra forma de explotación de esa gente, pero no sabía cómo. Me quedé ahí, delante de él, sonriendo, mirando cómo movía los labios, atrapando palabras sueltas, queriendo comentar algo, añadir algo, preguntar, comportarme como lo habría hecho hablando en polaco. Sin embargo, no me vino nada, salvo la resignación. Cogí el cubo y seguí con la tarea.
En la siguiente limpieza se acercó a mí, sosteniendo, orgulloso, una tabla de madera en la que había tallado un mapa del estado de Iowa. Había grabado los nombres de las localidades, señalado ríos y pantanos. Entusiasmado, empezó a hablarme del presidente Hoover, que también había nacido en West Branch, y de algo más, pero ¿de qué? No lo sé. Quería decirle que, para mí, huver es una aspiradora. Pero, en vez de eso, volví a sonreír, asentí con la cabeza, cogí mis trapos y me fui. La tercera vez me lo busqué yo solita. Llevaba ya mucho tiempo en Estados Unidos, me sentía más segura; pensé que Bill siempre era el que iniciaba la conversación, que era simpático y que, en fin, yo también era buena conversadora. Bill y Amanda tenían un montón de libros en el dormitorio. Tenía tres horas para limpiar su casa y acababa la faena en dos. El resto del tiempo lo pasaba curioseando la librería, hojeando el New York Times, buscando títulos que me resultaran familiares. No oí a Bill entrar en el dormitorio, justo cuando yo tenía en las manos una elegante edición de Los libros de Jacob. Fue poco después del Nobel. Le pregunté si ya lo había leído. Dijo que no, y empezó una de sus charlas académicas en las que comparaba la literatura polaca con otras literaturas de lenguas minoritarias. Quise añadir algo al respecto en mi inglés cutre, pero el profesor de Princeton tenía más que decirme sobre la literatura polaca que yo a él. Entendía una de cada seis frases, porque, aunque había estudiado inglés en la escuela pública, en primaria y en el instituto, a razón de dos horas lectivas a la semana, no sabía ni conjugar el verbo «to be». Solo sentía vergüenza. Durante aquella conversación tomé una decisión. Me rendí. En aquella charla sobre literatura polaca dejé de intentar hablar en Estados Unidos de otro tema que no fuera la limpieza. Así que volví al paper towel, al teibol y al blich. Y nunca volví a intentar decir nada más.
«No soy yo misma», dijo Teresa. «No soy yo misma», dijo «esa». Yo.
La chica del vídeo dejó de hablar, pero el vídeo seguía. La cámara la miró a los ojos y esa —yo— bajó la mirada. Ahora, sentada en el mismo sillón, sentí la misma vergüenza. Por fin, se corta el vídeo. Yo aquí, no en la televisión, miro a Anka. No sé si resistirá mi mirada. Estoy enfadada. Paso de la palidez al rubor. No necesito verlo para saberlo. Era consciente de que estaba contando la historia, pero verme contarla… para eso no estaba preparada.
—No puedes usar eso —digo, y Anka se aparta el pelo con la mano. Carraspea, pero no dice nada. —No puedes usar ese fragmento —repito, y el silencio se prolonga. Dos, tres silencios normales.
Al final, responde:
—Será así con todos los fragmentos.
Ni yo misma sé a qué me refiero. Me encantaría ver esa película, si no fuera porque soy yo quien interpreta el papel principal. No quiero ser la «limpiadora», esa, yo.