NORA
«Antes del quebrantamiento es la soberbia,
y antes de la caída la altivez de espíritu».
Proverbios 16:18
Antes de conocer a sus nuevos amigos, Nora cultivaba su propia vida personal. Lo hacía igual que planificaba su jornada laboral: mediante investigación, categorización y horarios. ¿Cuál es la calificación de esta obra, son lo bastante buenas las reseñas? ¿Participan actores conocidos? Bien, ¡entra en la lista de pelis para ver! No buscaba compañía. Veía cómo las mujeres de su edad se movían en grupitos, como una manada de jabalíes en busca de alimento: hombres, placeres y experiencias. Le parecía demasiado exigente tener que adaptarse a los caprichos y expectativas de otros. Así, su vida personal creció como una prolongación de la laboral. La búlgara combinaba los viajes de trabajo con eventos culturales: exposiciones, conciertos, espectáculos. Disfrutaba de esas «escapadas», como solía llamarlas. Fue varias veces a retiros. Los organizadores prometían «experiencias transformadoras», «viajes interiores» y «envío de deseos al Universo». Después de recrear simbólicamente su propio nacimiento y romper a llorar mientras gateaba por el suelo como un bebé, entendió por qué no había hombres en los grupos. Ningún hombre normal se tumbaría boca arriba dando patadas con las piernas, esperando que lo arroparan. Había otra cosa que le molestaba. Es probable que existiera algún tipo de conspiración según la cual, cuando las mujeres se juntaban en un retiro, debían descuidar su apariencia: no lavarse el cabello, no usar sujetador; no quitarse el maquillaje o directamente no ponérselo, usar pantalones de algodón holgados, hinchados a la altura de las rodillas, y volver a fumar si habían dejado el tabaco. La misma dejadez se notaba en las palabras. Las matronas, que en la vida real eran madres, esposas y leonas corporativas impecables, se pasaban de la raya en cuanto tenían que confesar sus transgresiones.
En uno de esos retiros en los Ródope, las participantes hicieron un voto de no hablar con nadie excepto con la instructora: una mujer de edad indefinida —quizá más de setenta—, con largo cabello canoso, ropa blanca y zapatos blancos. «Parece salida de un anuncio de detergente para la ropa», pensaba Nora. «Si aún trabajara en una agencia de publicidad, haría un anuncio televisivo con ella. Ningún gerente de marketing rechazaría ver cómo su abuela lava la ropa». Todas adoraban a la mujer de blanco: querían agradarle, mentían sobre sus pecados —los exageraban y embellecían—. «No soy lo bastante buena madre: pongo la carrera por delante del cuidado de mis hijos», «Engaño a mi marido», «Dejé a mi padre en un hospicio y no lo visité hasta su muerte»: cuanto más grave era la infracción, mayor era la posibilidad de atraer la atención de la mujer canosa. Sentada entre ellas, en círculo sobre el suelo, Nora escuchaba en silencio las confesiones. Cuando llegó su turno, clavó su mirada oscura en los ojos azul destilado de la instructora y declaró: «Me drogo. Si no lo hago, no sobreviviré».
Unas horas después de la sesión grupal, una de las asistentes —una joven con el cabello recogido muy tenso, también vestida de blanco— llamó a la puerta de su habitación y le pidió que abandonara el centro esa misma noche.
—Le devolveremos el importe completo, pero no puede quedarse aquí. En las condiciones del contrato que firmó hay una cláusula que prohíbe el consumo de alcohol y sustancias narcóticas. Nora no dijo nada. Esperaba ese desenlace, incluso lo deseaba. «Venga, voy a veros ahora, pecadoras-dejadas, ¿quién es más irrecuperable? ¿Vosotras o yo?». Tal vez le gustaba ganar todas las batallas, o quizá era verdad que no podía vivir sin los antidepresivos. No se separaba de la cajita metálica. La abría nada más tomarse el café de la mañana. El Adderall la salvaba del cansancio constante, la mantenía en forma máxima durante las reuniones que galopaban una tras otra a toda velocidad, le proporcionaba a tiempo la información necesaria. Su trabajo consistía en evaluaciones constantes, previsiones y decisiones difíciles. No tenía derecho a equivocarse. Decenas de ojos, fijos en ella, esperaban tanto su éxito como su fracaso. Tenía partidarios, pero también enemigos. Al mediodía tomaba una segunda dosis, y por la noche, cuando su corazón le golpeaba el pecho y sus manos temblaban, Nora tomaba sedantes que adormilaban la adrenalina, para volver a despertarla al día siguiente.
Todos esos «pequeños soldados», como llamaba a los antidepresivos, hacían su vida soportable. Un error en las dosis provocó su desmayo en Berlín. Había comprado la entrada para el concierto un mes antes. Su chófer, un joven educado que había terminado el conservatorio pero no había logrado hacer carrera musical, solía poner en el coche canciones de Verda. Una noche, de regreso de la fábrica de suplementos alimenticios, mencionó que la diva del pop iba a tener una gira por Europa. En cuanto llegó a casa, tras una jornada laboral de diez horas, Nora compró la entrada por internet. Eligió el concierto en Berlín; la fecha coincidía con un viaje de trabajo a la sede central que ya tenía planificado.
El día del evento voló temprano por la mañana desde Sofía. Desde el aeropuerto de Tegel fue directamente a la oficina, situada cerca de Alexanderplatz. El día transcurrió entre presentaciones y discusiones tensas. Estaba impaciente por terminar, regresar al hotel, quitarse el traje de trabajo que, pese al perfume, olía a combustible y a terminales. Quería picar algo rápido en algún lado. Durante la última reunión entró en discusión con un compañero de trabajo —un hombre con exceso de testosterona y mentalidad patriarcal que creía que las mujeres en el mundo empresarial se desenvuelve mejor llevando café—. Nora percibía su actitud despectiva cada vez que se cruzaban en la puerta, cuando él aceleraba el paso y casi la empujaba; en sus interrupciones bruscas y el evidente desdén hacia sus palabras.
Al final de la discusión de ese día, su compañero de trabajo se levantó de golpe, siseó algo insultante en su idioma, que Nora fingió no entender. El hombre arrojó el bolígrafo con el que antes golpeaba la mesa y salió de la sala. «Esta vez voy a denunciarlo por violar la ética empresarial», amenazó para sus adentros. Salió de la oficina con las rodillas temblorosas y los dedos entumecidos. Miró el reloj: faltaba solo una hora para el concierto. No lograría librarse del olor a combustible y terminales de aeropuertos. Cogió un taxi hacia un bistró cerca del lugar del evento. Se pidió una ensalada que apenas tocó. Se bebió un martini, con el que tragó también la dosis de «pequeños soldados» de la noche. Sintió ese conocido mareo y la calma del pulso. Miró el reloj: era hora de irse. Pasó por el baño para arreglarse el maquillaje. Se aplicó con cuidado el delineador y un pintalabios oscuro. Estaba lista para la parte mejor del día.
En el palco la recibió un camarero. Nora se pidió un segundo martini. No se dio cuenta de cuándo habían llegado los demás. Ni siquiera notó que los músicos estuvieran calentando para la aparición de Verda. Poco antes de perder el conocimiento, recordó que, mientras venía en el taxi, había ingerido sin agua otra dosis de antidepresivos.
Aquella noche los «pequeños soldados» irrumpieron con un ejército numeroso.
Cuando recobró el conocimiento, además del médico moreno inclinado sobre ella, vio también a unos desconocidos andando de un lado a otro a su alrededor. Uno de ellos —un hombre grande y barbudo— le sostenía la mano. Se levantó con inseguridad, y él la ayudó a sentarse en el sillón. La música ya estaba sacudiendo la sala y Nora no oía lo que hablaban el médico y el hombre rubio delgado. Es probable que discutieran su estado. Le dolía la cabeza; se tocó la frente y vio que tenía sangre en los dedos. El rubio la miró de reojo varias veces. Hombres como él los veía cada día: podía reconocerlos por sus gestos categóricos incluso sin oír su tono imperativo. Hombres exitosos, satisfechos de sí mismos, que creían dirigir la vida de otros. En momentos de debilidad, Nora los envidiaba. Ella nunca dirigiría la vida de nadie, porque apenas podía con la suya. Todo el grupo del palco la acompañó hasta la limusina del ricachón y fueron a urgencias, donde le vendaron la herida de la cabeza. Se sintió un poco mejor ya cuando la dejaron en el hotel. Con ella bajó del coche el hombre barbudo. Nora le pidió que se sentaran un rato en el bar del vestíbulo. Él la acomodó en un sofá de cuero.
—Ahora vuelvo —insinuó el desconocido, dirigiéndose al fondo del vestíbulo.
Nora notó que se movía libre por el vestíbulo. «Seguro que no tiene una casa llena de niños a la que volver», pensó. Al poco rato, el hombre regresó con una taza de té en una mano y un whisky en la otra.
—La bebida caliente es para ti —se sentó frente a ella—. Soy Johan.
—Nora —murmuró ella, tomando un sorbo de té—. Gracias, Johan.
El hombre se rascó la barba y sonrió.
—Mi padre decía que si hay una bebida que resuelve todos los problemas, es el té.
—Tu padre tenía razón —suspiró Nora—. El calor físico y emocional se procesan en una misma parte del cerebro.
Johan levantó las cejas con curiosidad y se acomodó uno de los tirantes.
—Puede que no se diera cuenta, pero cuando mi madre se quejaba, él ponía la tetera en el fuego.
Nora lo miró fijamente:
—¿De dónde eres?
—Soy sueco. Y tú eres búlgara.
—Me has descubierto —sonrió Nora con tristeza.
—Aquí tienes otro descubrimiento… —dijo mientras sacaba una cajita metálica de su bolsillo—. No estaba seguro de que debieran quedarse en tu bolso mientras estábamos en el hospital. La verdad es que iba a tirarlas, pero es probable que consiguieras más.
Sin responder, Nora extendió la mano y guardó la cajita. Guardaron silencio, luego ella se levantó:
—Siento que se perdiera el concierto por mi culpa.
—No te preocupes —dijo Johan, apurando la copa; se levantó y le entregó una tarjeta—. Llámame mañana para saber cómo estás.
Antes de que Nora pudiera responder, él se dio la vuelta y salió del hotel. No recordaba cuándo fue la última vez que alguien quiso saber cómo se sentía. «Me siento fatal».
El avión a Sofía salía antes del mediodía del día siguiente. En cuanto pasó el control de pasaportes, marcó el número de la tarjeta.
—Suenas mucho mejor —comentó Johan—. Qué pena que vuelvas hoy. Adrián ha organizado un pequeño encuentro en el lobby con Verda y los otros dos del palco: la pareja de Israel.
Esa mañana temprano, Nora recibió una llamada del griego; no estaba claro cómo había conseguido su número. Con tono alegre le dijo que le enviaría una invitación para el concierto final de la gira. «Una excelente ocasión para reunirnos todos en Roma», anunció.
«Es engreído, pero con buenas intenciones», pensó Nora y aceptó. Le contó a Johan la idea de Arestides.
—A Adrián le gusta hacer gestos. Soy amigo de Verda y también estaré allí —explicó el sueco.
Nora no preguntó cuán cercano era, pero después de la conversación, mientras esperaba que abrieran la puerta de embarque, buscó su nombre en internet. Resultó ser un fotógrafo de moda famoso. En los artículos lo presentaban como acompañante de la diva del pop. En las fotos, o sobresalía con su imponente estatura detrás de ella entre la multitud, o le abría la puerta del coche. «No parecen una pareja de verdad. Ni se tocan. Parece más bien su guardaespaldas». Por la megafonía anunciaron que habían abierto la puerta de embarque, y ella se dirigió hacia la salida.