Stern se despertó de golpe y se sentó en la cama. Se había sobresaltado por su propio grito. En el pasillo resonaron pasos rápidos, la puerta se abrió y en la deslumbrante franja de luz apareció la cabeza de su padre —vestido para ir a trabajar y recién afeitado—, que insistía en saber qué le había pasado a su querido (y, por circunstancias de la vida, único) hijo. Stern estaba sentado en la cama, desconcertado, intentando reconstruir el mal sueño que acababa de evaporarse. El señor Director comprendió que no se libraría con una pregunta rápida. Entró en calcetines y se sentó en el borde de la cama. Aquí estoy, aquí estoy. Cuando hizo el amago de acariciarle el pelo, las mangas de su camisa, aún libres del agarre de los gemelos, se agitaron rebeldes. El director Stern lo acarició con torpeza, como hacen los padres que no tienen tiempo, y añadió lo de siempre: Ahora todo está bien, ¿verdad? Stern asintió. ¿Me vas a decir qué has soñado? No puedo. ¿Por qué? Hay que esperar hasta las doce. Si no, se hará realidad. Su padre puso mala cara: Tu madre otra vez te ha llenado la cabeza con sus supersticiones. El chico no respondió. Sabía que era inútil explicarle al testarudo Director que los sueños simplemente no pueden contarse antes de las doce, a menos que sean buenos. Su padre le pellizcó ligeramente la mejilla y se levantó de un salto diciendo: Voy tardísimo, y luego desapareció en el recibidor, donde puede que en ese momento se estuviera poniendo la chaqueta y buscando el calzador. El coche que debía llevarlo al aeropuerto lo estaba esperando abajo desde hacía rato. Los tranvías ya se habían despertado y su estruendo se oía bajo las ventanas. El niño cruzó descalzo el frío suelo del pasillo. Su padre se estaba calzando justo entonces, tan deprisa que por poco rompe los cordones del zapato derecho. Hazle caso a tu tía Emma y sé un buen chico, ¿me oyes? Si todo va bien, volveré justo para tu cumpleaños. No me mires así, no he olvidado cuándo es. El chico asintió en silencio y fue a acurrucarse contra él. Comprueba si han pegado bien las alas antes de despegar —dijo con seriedad— y su padre, igual de serio, prometió comprobarlo. Vete a dormir. Aún es muy temprano para ir a la escuela. ¿Y cuándo me contarás sobre la fuga del teniente Mücke? Su padre parpadeó. Cuando vuelva, ¡lo prometo! Luego la puerta se cerró de golpe y el Director bajó haciendo ruido por la oscura escalera. El niño se quedó en el recibidor, observando con curiosidad en el espejo el cuello de su pijama de rayas blancas y azules. Aunque su padre viajaba a menudo, cada vez le costaba acostumbrarse a esos primeros momentos de su ausencia. ¿Cómo era posible que en un momento estuviera allí, corriendo nervioso de una habitación a otra y murmurando algo para sí mismo, y al siguiente ya no estuviera? Stern se arremangó con cuidado sin apartar la vista de su reflejo en el espejo. Luego fue a la habitación de mamá Kristiyna y encontró la caja de lápices con los que ella se arreglaba las cejas. Después corrió (todavía descalzo) y cogió sus gafas, que estaban sobre la mesilla junto a su cama (era hipermétrope). Volvió al espejo del pasillo y, con dos o tres movimientos poco seguros, se dibujó un bigote fino como cola de ratón. La tía Emma, por supuesto, se pondría a chillar: ¡Pero qué has hecho con ese lápiz, cariño! La tía Emma era de esas personas que usan diminutivos como una especia de la que nunca hay suficiente. Comidita, sueñito, gafitas, piernecitas, abriguitos, zapatitos, besitos y desayunitos, y todo ese tipo de cosas lo irritaban y le hacían llevar la contraria incluso a lo evidente. Ella debía de llegar en cualquier momento, seguro que volvería a excusarse con algún tranvía retrasado, aunque desde su ventana Stern veía perfectamente su movimiento regular sobre los raíles. Stern fue pisoteando descalzo hasta la cocina y se sorprendió de verdad al descubrir que la tía Emma ya estaba allí, bailando junto al frigorífico. Era alta y delgada y llevaba sombreros de ala ancha que recordaban de manera extraña a nubes. ¡Ah, aquí estás, cariño! —dijo chillando, y eso lo desconcertó. Si hasta ahora no estaba, ¿cómo era que de repente resultaba que sí estaba, y en cambio él no estaba? Yo estoy aquí, siempre he estado aquí, ¿y tú cuándo llegaste, tía Emma? Ella se dio la vuelta y lo miró con tal asombro, como si descender en paracaídas por la chimenea fuera lo más normal del mundo y llamar al timbre, una extravagancia extrema. ¡El desayuno está listo, señor! Sobre la mesa reposaba apacible una bandeja con una baguette, dos tarritos de mermelada —uno de melocotón y otro de fresa—, un huevo cortado en cuatro partes iguales, recién guillotinado, y un vaso de zumo de naranja. ¿Este desayunito aplacará su severo carácter? Temporalmente —murmuró él y se acomodó en la silla, decidiendo no sacar el tema de quién había llegado primero. Iban a pasar los próximos días juntos y no merecía la pena empezar con un conflicto desde el principio. De algún modo la soportaría junto con sus molestos diminutivos. Además, el desayuno resaltaba sus buenas intenciones. El señor Director consideraba la ingratitud una muy mala cualidad. Su excelencia me parece enfadado —añadió ella con vacilación, mientras colocaba con habilidad los platos lavados en el escurridor. El tópico de los dedos de pianista en su caso se aplicaba por completo, porque la tía Emma era profesora de piano. He tenido un mal sueño —se quejó ella. Yo también. No me lo cuentes antes de las doce. Stern se volvió y la miró de forma extraña. ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así? Ah, nada. Mamá me dice lo mismo. ¿Ah, sí? —respondió la tía Emma, resoplando sin girarse. Stern empezó a escenificar una conversación entre las dos últimas migas solitarias sobre la mesa. ¿Tú adónde vas? —preguntó la miga de la izquierda. Oh, yo tengo que ir al colegio —respondió la de la derecha—. ¿Y tú? Yo tengo fiebre y me quedaré en casa leyendo. Seguro que es un virus. Me dan ganas de comerme de rabia —dijo la de la derecha. Eso es imposible por diversas razones económicas —respondió muy seria la miga enferma. El chico se sobresaltó. ¿Qué pasa? —la tía Emma estaba detrás de él mirándolo de manera inquisitiva. Ah, nada, estoy escuchando a las migas hablar. ¿No es hora de ir a la escuela? —preguntó ella, y Stern, con visible desgana, se levantó de la mesa. Por favor, no tires a Leo Migoso —dijo señalando la miga de la izquierda, que entretanto se había convertido en una agradable bolita—. Tiene fiebre. La tía Emma negó con la cabeza. Con estas migas tendremos cucarachas en cualquier momento. (Cucarachitas, añadió él para sí, ¿cómo no se le había ocurrido a su tía?). Ella colocó la bolita en el alféizar. ¿Aquí está bien? Perfecto. Junto a la pata de la mesa, silenciosa, estaba su enorme mochila roja de plástico, que parecía un buzón hipertrofiado. Asen y Soso la llamaban la Maleta y la pateaban con todas sus fuerzas en cuanto la veían saltar sobre su espalda. Me voy, tía Emma —anunció sin divisarla en el horizonte, y empezó a bajar, deslizando la mano por el yeso desconchado de la pared. Desde hacía tiempo la garita del portero estaba vacía. Siempre olvidaba preguntarle a su padre dónde estaría el tío Zilasko (en la puerta había un letrero con M. Zilasko, pero él no sabía su nombre de pila: ¿Manfred, Mohamed, Mandolin?). Abrió la puerta de entrada y, nada más salir, sintió el frío. La escasa nieve desaparecía antes de tocar el pavimento. Stern echó un vistazo atrás y vio el tranvía acercándose. ¿Por qué siempre pasaba que tenía que correr? Si el horario del transporte público se cumpliera, él mismo lo colgaría sobre su cama hasta aprendérselo de memoria, pero eso era un ejercicio de memorización más que inútil. Los tranvías y autobuses eran prácticamente incontrolables. Mientras corría y la Maleta saltaba sobre su espalda, pensó que no había ni una sola mañana en la que hubiera llegado tranquilo a la parada.