Soy una mala hermana mayor. En lugar de defenderla yo a ella, aconsejarla y servirle de ejemplo, Azra siempre tiene que defenderme ella a mí, aconsejarme y servirme de ejemplo. Ya desde la infancia es así. Cuando me vino la regla, estaba aterrorizada. Aunque en el colegio habíamos hablado de ello, no me imaginaba cómo era realmente cuando te venía. La mayoría de mis compañeras de clase aún no la tenía entonces, y me daba vergüenza preguntar cualquier cosa a las que sí la tenían. Solo sé que, unos días después de que me viniera por primera vez, pensé que dios me había castigado con la menstruación por haber fisgado en su cajón de las compresas en el baño. Por haberle mentido con que no cuando me preguntó si había abierto su cajón, culpando a Azra, que ella le había abierto el paquete de compresas.
Azra tuvo que tranquilizarme con que eso no era un castigo divino, explicarme cómo se usaban las compresas. Recuerdo que estaba horrorizada con todo lo relacionado con la menstruación. Durante unos meses solo pensé en lo horrible que sería cuando no pudiera cambiarme yo sola la compresa con ochenta y cinco años, que alguien tendría que ayudarme también con eso. Me preocupaba con más de setenta años de antelación. Hasta que Azra me explicó qué era la menopausia. Aún no me queda claro cómo sabía todo sobre ello ya con ocho años. Desde entonces, al menos no lloro cada vez que me viene, aunque me sigue resultando incómodo hablar sobre la menstruación. Menstruación. Menstruación. Menstruación. En nuestra casa nunca se pronunciaba esta palabra en voz alta. No se pronuncia en voz alta.
Especialmente no delante de los hombres. Que me dolía la tripa, le contó ella a él cuando me preguntó por qué lloraba cuando me vino por primera vez. Le quedó claro qué significaba eso, no preguntó más. Le da vergüenza decir en voz alta menstruación pero no le daba vergüenza husmear en la basura y en el cesto de la ropa sucia y reprenderle a ella para que nos enseñara a Azra y a mí a cómo esconder las compresas usadas entre el resto de la basura, las sábanas sucias entre el resto de la colada, para que no se viera, para que no le hiciera falta verlo.
Fue tan lejos que incluso durante un tiempo, después de que me viniera la regla por primera vez, me olisqueaba los dedos cada vez que salía del baño. Para comprobar que me hubiera lavado las manos, al parecer. Eso decía. Eso no le daba vergüenza hacerlo. Pero decir en voz alta menstruación sí le da vergüenza. Menstruación. Menstruación. Menstruación. En el instituto mis compañeras me contaban que sus padres les compraban las compresas, que les preparaban infusiones cuando les dolía la tripa. Que yo no tenía tanta cercanía con mi padre como ella con los suyos, trataba yo de suavizar la situación real frente a ellas. Como siempre. También supe por mis compañeras del instituto que existían pastillas para mitigar los dolores menstruales. En nuestra cultura hasta las mujeres hablan en código sobre la menstruación. Cuchichean entre ellas que les duele la tripa porque les ha venido. Me vino y me duele to, le dice fulanita a ella, dice ella a fulanita. Obviamente ahora soy lo suficiente mayor como para que me incluyan en estas conversaciones. Ella me pone tan de los nervios con su cuchicheo y su hipocresía que a veces me gustaría sacarle los ojos. Hace un año o dos empezó a hablar delante de Azra y de mí de que le dolía la tripa desvergonzada, incluso vulgar. Menstruación. Menstruación. Menstruación. Que no quería oír hablar de ello, le dije varias veces. Que yo también soy mujer, es normal que las mujeres hablemos entre nosotras de estas cosas, me explicó. ¿Dónde estaba cuando Azra y yo queríamos hablar? Llega un poco tarde. Ahora no puede ir de madre sacrificada. ¡No se lo permitiré! Que finja cuanto quiera haberlo olvidado todo. Y encima le hace gracia cuando olvida tirar la compresa usada a la basura. Si la deja en el lavabo, nadie le grita que sea sucia. Azra y yo incluso se lo recogemos. ¿Quién es la madre aquí?
Ha olvidado cómo se portó con Azra cuando le vino la primera regla. Cuando se horrorizó con que le había venido demasiado pronto y a duras penas le permitió usar sus compresas, no hice nada. Tampoco entonces me comporté como una hermana mayor. Debería haber reaccionado mejor, era lo suficientemente mayor. Y era Azra. Azra. Tal vez quizás fuese realmente egoísta. A mí Azra me ayudó cuando me vino la primera regla. Yo no cuando le vino a ella. Tuvieron que pasar casi diez años desde entonces para que empezáramos a hablar de ello. Mejor que no haberlo hecho nunca.
Debería haber reaccionado mejor. Lamento no haberlo hecho. No debería haber contado con que Azra podía sola con todo. Nadie puede solo con todo. Soy una mala hermana mayor. Sería mejor que Azra fuera mayor que yo.
Ya es tarde. Debería ir yéndome a duchar. A estas horas digo yo que no habrá nadie en el baño. Es sábado.
Es que algunos son totalmente desconsiderados. Les da completamente igual que no vivan solos en la residencia, que a otros también les gustaría ducharse. Hasta altavoces se llevan al baño, cantan. No sé cómo pueden relajarse tanto entre semejante suciedad. Las duchas están llenas de una especie de insectos, bichitos. Los chicos son peores que las chicas. Las chicas al menos no nos paseamos por la residencia medio desnudas. Aunque también es cierto que somos muchas menos que los chicos en la residencia, por eso no se nos nota tanto como a ellos. Tengo la toalla en la silla, tengo que llevarme el pijama, las bragas, el sujetador, el gel de ducha, el champú, no debo olvidar la cuchilla. Ya que voy al baño, me voy a lavar los dientes también, para cumplir por hoy. Esto es todo. Creo que tengo todo lo que necesito. Está bien, no hay nadie en el pasillo. Solo cierro con llave la puerta. Rápido. Rápido. Antes de que venga alguien. ¿La primera, la segunda o la tercera ducha? La tercera es la que menos sucia está. Voy a ir a la tercera. La llave de la habitación la voy a dejar aquí, la toalla la puedo doblar para que no ocupe tanto espacio. La ropa limpia la puedo colgar aquí, la sucia la dejaré directamente en el suelo. No le pasará nada por diez minutos. Se mojará. Será mejor que la cuelgue junto a la limpia. No voy a andar secándola sin necesidad.
Odio mi cuerpo. Mira qué pies tengo. Las piernas curvadas. No tengo nada de caderas, como tienen otras mujeres. Y soy baja. Tengo que dejar de pensar en esto. Ya no estoy en el instituto. Soy demasiado mayor para pensar en estas tonterías. La culpa de todo la tienen ellos dos. De todo.
No sé en qué curso estaba entonces. En sexto, quizás en séptimo. Acababa de empezar a llevar sujetador. Ella me había comprado dos grises. Uno tenía un corazoncito de brillantina en el lado izquierdo y el otro, dos estrellitas. Estábamos las tres sentadas en el salón. Azra y yo escribíamos algo sentadas a la mesa. Yo también cada vez olvido más cosas de las que me hicieron daño. Dentro de algunos años, cuando ya no recuerde nada, nadie me creerá que cualquier cosa de esto ocurriese. De repente, apareció él de la nada. Me sentía rara ya cuando se me puso a las espaldas. No sabía qué haría en el instante siguiente, no me aparté de él lo suficientemente rápido. Me pellizcó en la espalda, algo más abajo de la axila, donde la goma del sujetador se me clavaba en la piel. Zina también tiene michelines, dijo decepcionado, casi como si me quisiera decir con buena intención que había engordado. Me levanté del sofá o de la silla, ya no recuerdo dónde estaba sentada exactamente, y me fui a la cocina. Me daba vergüenza contarle que había empezado a llevar sujetador. Por qué me enfado con él, me llamaba desde el salón.
Eso no le daba vergüenza hacerlo. Pero doblar mis mudas y las de Azra sí le daba vergüenza. Todo lo que me sucede me sucede por ellos. Todo. No le daba vergüenza decir delante del tío y la tía que no era apropiado que llevara camisetas sin mangas, que debería afeitarme los sobacos. Al día siguiente me afeité con su cuchilla todos los pelos de mi cuerpo, hasta las cejas. Yo era la única de la clase en sexto curso que apartaba dinero para comprarse nuevas cuchillas de afeitado. A mí debería darme vergüenza por haber mencionado frente a él que me había ido a depilar los brazos. Pero ¿qué me pasa? Cómo me atrevo a hablar de ello delante de él, me preguntó ella cuando nos quedamos a solas.
Rápido. Tengo que volver a la habitación mientras no haya nadie en el pasillo. ¿Dónde tengo la llave? Rápido. También lo he conseguido esta vez. La toalla la voy a dejar en la silla para que se seque. La ropa sucia va al cesto de la ropa sucia. Mañana la lavaré. Ya solo dejo el portátil en la mesa y puedo irme a dormir. Así. Aquí.
A mí debería darme vergüenza por no aceptar que me criaron de la mejor forma que supieron. En lugar de estarles agradecida por todo lo que han hecho por mí, les restriego en la cara que nos pegaban a Azra y a mí. Hasta me habían traído a Eslovenia para que pudiera ir a la escuela, para que pudiera encontrar un trabajo. Ojalá nunca hubiéramos venido aquí, suspiró él la última vez que volvimos a discutir por algo. Él me había dado la posibildiad de tener una vida como la que tengo. Me estoy inventando que había pasado todo eso, me dijeron los dos. Y además no era verdad que hubiera sido tan horroroso. Acaso era posible que les reprochara algo tan insignificante, sin importancia, se extrañaban. Y de nuevo era culpa mía. De nuevo estaba Zina loca. La que no sabe de qué habla. Obviamente pensaban que podían solo despertarse un día y todo lo feo del pasado desaparecería milagrosamente.
Si alguien hubiera visto cómo se comportaban con los niños de sus compañeros de trabajo y sus amigos, no me creería que con Azra y conmigo se comportaban de forma totalmente diferente. Cuando les dijimos esto una vez, ella nos dijo que nosotras, a diferencia de esos niños, siempre habíamos sido maduras para nuestros años. Tal vez porque no tuvimos tiempo para ser niños inmaduros, querida madre. Por ti y por tu marido. Que no se preocupen, no estropearé su imagen. Cuando lleguemos, me comportaré como que todo va de maravilla, les dije en nuestra última visita conjunta a Kosovska Mitrovica. Hemos fingido ser una familia feliz al menos un millón de veces. Por primera vez les solté sola, sin la ayuda de Azra, que no había olvidado nada de lo que nos habían hecho a Azra y a mí. Y que no lo haría. Que podían fingir todo lo que quisieran. Tomarme por loca y estúpida. Pero no me convencerían de que no eran culpables de lo que habían hecho. De lo que había pasado por su culpa. De lo que aún sigo pasando. Que ellos solitos sabían más que bien que no habían olvidado nada. Que negaban lo que habían hecho porque la conciencia no les remordía tanto como para disculparse conmigo y con Azra, añadí mientras ya me bajaba de su coche.
Mañana la residencia se volverá a llenar. Tengo que hacer la colada. Menos mal que no me he apuntado a la lista demasiado pronto. Otra vez no podré levantarme. Hoy al menos he ido al supermercado. Me he duchado. Hoy no ha sido tan mal día. No ha sido bueno, pero tampoco es que haya sido tan malo. He ido al supermercado. Me he duchado. Mañana volverá a haber alboroto aquí.