Mamá ha vuelto a escribirme. Dice que debería salir de Kiev y marcharme a Zhytomyr. Tonterías. Yo, por supuesto, estoy segura de que desea lo mejor para mí, pero eso es imposible. Sí, estamos en guerra; sí, los bolcheviques avanzan; y sí, hace apenas un mes también aquí en Kiev hubo tiroteos. Pero marcharme después de tantos años… no. Además, nadie sabe con certeza si seguirán avanzando. Bien pronto desarmaron también aquella sublevación. Y, aún suponiendo que me fuese, ¿quién se quedaría con los enfermos? Si hemos de dar crédito a lo que la tía Tetiana cuenta de los bolcheviques, nadie se apiadará de estos pobres desgraciados. No me iré a ninguna parte. Punto. Ni aun si los bolcheviques llegasen hasta aquí.
Pero, ¿llegarán?
En el periódico Rada escriben cosas tranquilizadoras sobre la Cosaquia Libre. Están formando una unidad estudiantil. Parece que, a pesar de todo, la ciudad se está levantando, despertando su identidad nacional ucraniana. Por otra parte, si escucho a Vira y sus amigos, o leo su prensa, como La opinión proletaria, se forma una impresión completamente diferente. Por supuesto, me inclino más a creer a Rada. Confío con todas mis fuerzas en que no entren en Kiev.
Pero ya basta de esto. Hablemos del día de hoy: tuve que hacer un turno en el hospital y dejar terminados los capítulos tercero a sexto del manual de química. Lo primero se logró, aunque no sin aventuras. En cuanto a lo segundo, por desgracia, no pude pasar del capítulo cuatro. Me lo apunto para mañana.
A continuación, los principales acontecimientos del día, por orden cronológico:
1.
Por la mañana tuve algo de tiempo antes de mi turno en el hospital Kyrylivka. Me pasé por la cafetería Marquese, en la esquina de las calles Volodymyrska y Prorizna, y pedí una taza de té bien cargado. Había poca gente, cosa que en otros tiempos habría sorprendido, pero en las últimas semanas nadie frecuenta las cafeterías. Parece que la tensión y el eco de los combates en las afueras llegan también hasta aquí y ahuyentan a las habituales señoritas despreocupadas y a los tipos apresurados de la bolsa.
Apenas me había sentado y tomado la taza caliente, se acercó a mí cierto joven: alto, un tanto encorvado, pero de rostro muy apacible y de facciones bien definidas. Su oscuro cabello iba peinado al estilo de los dandis de las revistas de moda de antes de la guerra; sus finos labios formaban una línea recta; pero sus ojos… Aquellos ojos eran extrañamente pálidos, hundidos y de una penetración extraordinaria. Habría podido pasar por un espía de novela, de no ser por aquella expresión fatigada, propia de funcionarios y banqueros. También él sostenía una taza con algo humeante. Tenía unas manos muy hermosas; en eso recodaba a los cirujanos militares que nos visitaban.
—¿Le importaría que me sentase aquí? —preguntó.
Le dije que sí, pues ¿por qué no había de hacerlo? El caballero se mostró complacido de poder conversar conmigo; dijo llamarse Anatol Petrovych —¿nombre francés?— y me preguntó cómo me llamaba yo, si visitaba aquel establecimiento a menudo; y también si era enfermera, sin duda por haber advertido mi uniforme. Le dije que sí. Y entonces, sin venir a cuento, me soltó:
—De modo que, Natalia Fedorivna, ¿solo atiende a cosacos y fusileros, o también Hipócrates se impone a Mijnovskiy? —preguntó, señalando el periódico Ucrania independiente, que asomaba de mi bolso.
No tuve siquiera tiempo a reaccionar ni de darle una respuesta ordenada, cuando oí un grito conocido cerca.
Resultó ser mi Oleksandr Vladyslavovych. Un paciente de los agudos: demencia precoz manifestada anormalmente tarde. Podría decirse contraire a su propia definición: un caso único. Se había escapado del hospital, aunque en aquel momento no alcanzaba a comprenderlo. ¿Y de qué modo había aparecido precisamente en el Marquese? Por supuesto, estas preguntas solo me las hago ahora, mientras escribo; en aquel instante sentí que me había quedado paralizada. Ya entendía, a grandes rasgos, que las consecuencias serían terribles para mí.
Pero, ¿qué podía hacer? No podía perder el tiempo. Oleksandr Vladyslavovych sufría un brote psicótico, y no había tiempo que perder. Gracias a Dios, llevaba conmigo mi botiquín y, aunque casi toda la cafetería había rodeado a mi paciente, logré abrirme paso con rapidez. Sujeté su pesado cuerpo e intenté llamarlo por su nombre. Sin resultado. Me miraba con aquella extraña mirada salvaje que sobreviene en la psicosis. Le inyecté su dosis habitual de bromuro y, al poco se aflojó. Dejó de temblar y me miró con una expresión tranquila, dócil y algo aturdida. Para entonces la multitud ya había desaparecido.
De pronto oí una voz serena detrás de mí:
—Es una lástima ver lo que ha sido de Oleksandr Vladyslavovych. Una verdadera lástima.
Era Anatol Petrovych, ya sin el té y con un elegante bastón que no sé de dónde había salido. Me ayudó: tomó del brazo a Oleksandr, y entre ambos lo sacamos de allí. Naturalmente, le pregunté si conocía a mi paciente.
—Un poco, del servicio —contestó brevemente Anatol Petrovych.
Después nos llamó un coche de caballos y, justo cuando este llegaba, me dijo:
—Corren tiempos inciertos, Natalia Fedorivna. No quisiera perder amistades agradables. ¿Le puedo invitar a comer mañana en el Praga?
Era una proposición bastante inesperada. Al principio me desconcertó un poco, pero luego pensé: ¿por qué no? Y acepté.
El cochero iba deprisa. Las calles estaban casi desiertas, sin nieve, cosa extraña en invierno. Mis pensamientos volvían una y otra vez a aquel encuentro. ¿Qué motivo podía tener para invitar a comer a una desconocida? ¿Había sido él quien dispersó a la multitud? ¿Cómo, después de todo, había logrado escapar Oleksandr Vladyslavovych?
2.
Comprendí cómo había logrado escapar Oleksandr Vladyslavovych nada más llegar al hospital: allí reinaban un caos y estrépito terribles. Estaban distribuyendo a nuevos heridos, seguramente había vuelto a haber combates. ¿No sería con los soldados del Ejército Rojo? Al principio no estaba segura de a quiénes habían traído, si a los nuestros o a los blancos. ¡Y eso tenía mucha importancia! En cuanto escuché ucraniano, respiré aliviada: eran los nuestros.
En teoría, debería haber ido a ayudar a las demás enfermeras, pero en aquel momento tenía un asunto más urgente. Acompañé a Oleksandr al pabellón de enfermos mentales. Aún bajo los efectos del bromuro, avanzaba con pesadez en la nieve que quedaba sobre el césped. Sin la ayuda de Anatol Petrovych, me resultaba mucho más difícil sostenerlo. Íbamos arrastrándonos hacia el pabellón de los pacientes agudos.
Ahora, mientras escribo esto, pienso que lo de Oleksandr Vladyslavovych no dejaba de ser un caso singular. En otro tiempo, en su vida pasada, había sido Aleksandr Vladislavovich Sujobrus, hombre respetable, presidente de alguna cámara de la administración gubernativa de Kiev. La gente le saludaba con reverencias, lo invitaba sin duda a bailes y cenas de sociedad. Había tenido familia, una esposa y dos hijas, creo, con las que veraneaba en una dacha y en la playa. Más de uno habría dado mucho por ir agarrado de su brazo como iba yo acompañándolo al pabellón. Pero de pronto sucedió algo. Algo que provocó la enfermedad desde el subconsciente; la enfermedad progresaba; todos empezaron a evitar a Aleksandr Vladislavovich; y poco después recibimos su solicitud de ingreso. Y así fue cómo Oleksandr se mudó de una mansión en Lipki, cerca de la residencia del gobernador general, a una cama individual en el hospital. Ya no es sino un simple enfermo entrado en años.
Nos acercábamos al pabellón. En otros tiempos, siempre lo contemplaba al acercarme. Era un edificio precioso, claro y de tejados puntiagudos, similar a una versión de ladrillo y madera de una casa solariega campestre de algún rico propietario que hubiese podido permitirse un buen tallista. El edificio encajaba a la perfección con la masa de árboles desnudos y enrevesados de alrededor. Ya junto a la puerta de entrada, nuestros mozos me relevaron de Oleksandr. Suspiré con alivio y eché a andar renqueante en busca del doctor Nechay.
El doctor Nechay impartía clases en nuestros cursos; era uno de los profesores que trabajaban con enfermedades mentales. Fue él quien, hará unos dos años, me sugirió que probara a trabajar en el Hospital Gubernamental de Kyrylivka, del que era director; y precisamente por su recomendación me hice cargo del caso de Oleksandr Vladyslavovych. Yo era muy consciente de la suerte que tenía tanto con el trabajo en el hospital como con la investigación del historial clínico del paciente…. La mayoría de los profesores no veía en nosotras más que alumnas sin futuro. La psiquiatría no es cosa de mujeres. Sí, hay excepciones, pero no dejan de ser excepciones. ¿Y por qué tenía que ser yo una de ellas? Por eso mismo comprendía muy bien que no tenía derecho alguno a equivocarme. Así es, no lo tenía.
Recuerdo que me puse a repasar los frascos de medicamentos en mi botiquín, clasificándolos una y otra vez. Aquello me serenaba, porque el peligro de la situación invadió por completo todos mis pensamientos y conciencia. No, no podía perder mi trabajo en el hospital, desde luego. No teníamos enfermeras suficientes para los heridos, ni siquiera contando con las alumnas que, volontairement, asistían a cursos de primeros auxilios y hacían las guardias. Pero echar a perder las prácticas, el acceso a los enfermos mentales y, ante todo, a Oleksandr Vladyslavovych… eso sí era mucho más fácil. Por otra parte, el paciente no se había escapado en mi turno. Aunque eso no quitaba el hecho de que era mi responsabilidad, ni que mi trabajo con él era, hasta cierto punto, mi verdadero rol aquí.
En fin, no tuve mucho tiempo para pensar en ello. El doctor Nechay me llamó con aquella voz potente que solo él sabía emplear.
—¡Natalia Fedorivna!
Pensé que será lo que tenga que ser.
—¿Le han puesto al corriente sobre su paciente, espero?
Me quedé helada. Ya lo sabía. Por otra parte, por supuesto, que lo tenía que saber. Vestía su habitual traje grisáceo, bien planchado; llevaba su maletín con cierres de plata, y bajo la luz mortecina del cielo encapotado, su perfil me pareció muy gris en conjunto: grises las manos, gris la calva que prolongaba su alta frente, grises las arrugas; solo el bigote, peinado hacia abajo, era de color negro. Daba la impresión de que yo estuviese viendo una película o acaso un noticiario. Estaba deseando salir de aquel cinematógrafo.
Le dije:
—Lo encontré, Pavlo Ivanovych. Ya está en su cuarto, sano y salvo. Solo que ha sufrido un brote psicótico, y he tenido que administrarle una dosis de bromuro.
—Muy bien, Natalia, magnífico. De modo que el asunto queda zanjado, ¿no es así? —me respondió con aquel tono tan suyo.
Todos los alumnos en prácticas conocíamos ese tono. Significaba que responder era del todo indeseable.
Entonces el doctor Nechay prosiguió, en sustancia, diciendo que yo era una joven inteligente y que esperaba que comprendiese bien la magnitud del problema.
Sus pausas eran insoportables; pues tenía una capacidad increíble de atravesar con sus oscuros ojos a la persona, como si absorbiera todo aquello que ella misma no era capaz de decir. Yo ya había comprendido la magnitud del problema, quizás incluso con mayor profundidad que él. Pues el doctor Nechay no era quien se arriesgaba a verse privado de su única oportunidad de hacerse un nombre en psiquiatría.
Yo procuré contestar con claridad y firmeza, como corresponde a una enfermera bien formada. Era consciente de todo: el paciente ya estaba con bromuro e hioscina; hablaría con la enfermera que estaba de turno; no volvería a suceder. Pavlo Ivanovych me escuchaba con atención, pero yo veía que en realidad no me oía. ¡Tenía que saberlo, en este punto ya tenía que saber cuán aplicada era! A diferencia de otras enfermeras, nunca me había saltado un turno, nada de citas, nada de amigas en el trabajo. ¡Hasta me daba tiempo a ayudar a otros médicos con sus pacientes! ¡Pavlo Ivanovych tenía que saberlo porque después, oh, después me permitió quedarme!
Me dijo:
—De acuerdo, Natalia; veo que usted y yo compartimos aquí una misma visión. En otras circunstancias distintas a las suyas, ya podría ir olvidándose de las recomendaciones y prácticas, y yo le aconsejaría pasar a trabajar con el doctor Bruno y sus comadronas; o bien, si quisiera ser benévolo, con Grunia Yujymivna y sus niños.
Aquí, francamente, estuve a punto de reírme, y vi incluso cómo se le estremecía el bigote al propio doctor, pese a la innegable importancia tanto de la obstetricia como de la psiquiatría infantil de Grunia Yujymivna —fue precisamente su ejemplo el que me motivó a través de todos aquellos terribles exámenes—, aquello quedaba muy lejos de nuestras investigaciones. Y, siendo honesta, no alcanzaba el mismo grado de interés.
Así que el doctor me dijo:
—En nuestras circunstancias, Natalia, usted es un tesoro de valor extraordinario. Su inteligencia y, más aún, su tenacidad y su atención al detalle constituyen, tanto entre los estudiantes como entre las alumnas, una verdadera rareza digna de Diógenes.
¡Así lo dijo! Y añadió que, por eso mismo, me concedería una nueva oportunidad, con la condición de que hallaría el modo de prevenir cualquier intento de huida de Oleksandr Vladyslavovych. Su estancia costaba tres veces más que la del resto de los pacientes, por lo que teníamos la obligación de no importunar a su esposa ni a sus hijas con su presencia.
Solo que, ¿cómo organizar tal cosa? Pensé en ello todo el tiempo mientras terminaba mi turno y curaba a los soldados. Estábamos en guerra; no teníamos suficiente cantidad de bromuro para contenerlo; había un déficit catastrófico incluso para quienes lo necesitaban de verdad, sin hablar de los caprichos de un paciente. Además, estudiar su estado bajo los efectos del bromuro era casi imposible. Quién sabe en qué pensaba, o si seguía oyendo aquellas «voces diabólicas», si hubiera de pasarse el tiempo dormido o amodorrado.
Por fin, llegué a una simple y lógica conclusión: hablar con Oleksandr Vladyslavovych y averiguar qué era lo que tanto lo había alterado. Tal vez conseguiría persuadirlo de algún modo. Sabía bien que conversar con enfermos de demencia precoz era empresa aventurada. Cuando no se hallaban en estado agudo, en general era posible. Pero aun entonces no siempre cabía confiar en el éxito de la conversación. Los pacientes podían desorientarse, desviarse hacia otros temas, empezar a jugar con las palabras, o incluso entrar por completo en estado catatónico. Era como si estuvieran perdidos en sí mismos y no hicieran sino esforzarse por salir de aquella perdición. Por lo que atrapar el hilo de una conversación al que asirse resultaba a veces del todo imposible, incluso para ellos mismos.
Por eso mismo, en poco más de un año de trabajo con Oleksandr Vladyslavovych no había tenido más de veinte buenas conversaciones. Lo que aprendí de esto era que la clave de la colaboración con el paciente estaba en hallar el modo de ayudarlo a mantener la claridad. De manera que lo intentaría. Pues no tenía muchas más alternativas que simplemente hablar con él.
Así que, he decidido ir mañana a verlo para hablar con él, pase lo que pase. Quizás logre al menos descubrir la razón que, por primera vez en tres años, lo empujó a salir del hospital en pleno día con el frío que hace en Kiev.
3.
El último acontecimiento importante del día fue quedar con Vira que me invitó a cierta «reunión a la que toda persona pensante, y más de nuestros sentimientos, debe asistir».
Encontré a Vira de camino a casa, en la plaza Sinna. Parecía algo atareada, pero muy contenta. Hablaba con exaltación de los planes y perspectivas para el futuro inmediato. Vira, en realidad, siempre hablaba con exaltación, de una manera u otra. Era una muchacha de acción, con el cabello negro cortado a la última moda y ojos castaños que ardían siempre por alguna novedad. Era mi amiga desde el primer curso; y como paisanas, unidas además por unas convicciones proucranianas, nos manteníamos unidas, a pesar de nuestras diferencias en otros asuntos.
Pensé entonces si Vira habría oído alguna noticia sobre el Cuarto Universal o acaso si habría asistido a la reunión estudiantil anunciada la víspera en el periódico Rada. Pero por el tono misterioso que adoptó al hablar de aquella reunión, supe que era clandestina.
¿Con comunistas, entonces? Vira, por supuesto, es socialista, pero ¿acaso hasta el punto de reunirse con agitadores de moscovitas? Bien podría hacerlo, pero espero que no. Espero que no sea más que una reunión de estudiantes con tintes socialistas, de las que a veces frecuentábamos. Por eso mismo le dije que sí. En los tiempos que corren, estar bien informada políticamente significa estar mejor preparada. De manera que mañana por la tarde he de reunirme con Vira e ir allí juntas. Después de separarme de ella, volví a casa, trabajé un poco con los apuntes de química orgánica y luego con esto.
Ya veremos qué trae el día de mañana.