En aquel club suyo (el club de lectura «Dentaduras postizas»), Vira Petrivna decidió hacer lo mismo que había hecho antaño en la escuela con los niños. Ni ellos ni los ancianos querían leer. Hacia el tercer año de su carrera como profesora de secundaria, la jovencísima Vira Petrivna fundó en la escuela un club de lectura llamado «Páginas interesantes» para los cursos de séptimo a noveno. Hasta dibujó un cartel con el nombre. Pero uno de los alumnos le añadió disimuladamente dos letras, y «Páginas interesantes» se volvieron de la noche a la mañana «Páginas no interesantes».
Entonces Vira Petrivna decidió ser más astuta: no los obligaba a prepararse en casa para el club de lectura, sino que los reunía a todos en la biblioteca escolar y les leía en voz alta. Según creía ella, les leía lo más interesante que había allí para una mente adolescente escéptica: La isla misteriosa y La isla del tesoro, Los hijos del capitán Grant, Tomek en la senda de la guerra y, por supuesto, Toreadores de Vasiukivka. Y el hielo se rompió. Al principio refunfuñaban, pero se quedaban quietos escuchando. Con el tiempo gruñían menos. Y, al final, poco a poco, empezaron a leer también por su cuenta.
Ese método eficaz, ya probado con sus alumnos, Vira Petrivna también lo aplica a «Dentaduras postizas». La elección del libro para la primera lectura colectiva es bastante inesperada: Harry Potter. Ama con ternura la historia del joven mago desde la primera vez que se la leyó en voz alta a su nieta Polina. Fue hace cuatro años. La niña se negaba a leer. Y entonces su hijo Tolia, sabiendo el talento que tenía su madre para sembrar en los niños el amor por la lectura, le llevó a Polia de vacaciones, y con ella los tres primeros volúmenes de Harry Potter, que la niña había escogido en la librería.
La abuela le leía a Polina todas las noches. La niña estaba encantada y la abuela también. Dos lectoras con sesenta años de diferencia. Toda aquella historia de la escuela de magia tenía tanta luz y bondad, que después de aquellas tres primeras partes a Tolik no le quedó más remedio que traerles a su madre y a Polina el resto. Por eso, Vira Petrivna no dudaba de que la historia de Harry Potter encantaría a los ancianos de su club: al fin y al cabo los viejos son como los niños. Sin embargo, la elección de la novela dejó a los ancianos sorprendidos.
—Bah —no tarda en reaccionar Nina Mykolayivna—, yo pensé que íbamos a leer algo así de amor, interesante, y usted ha decidido traer magia.
—Pues leer sobre magia tampoco está nada mal —interviene la Víbora—. A ver si ahí encontramos cómo congelarle a usted la lengua.
—Si no le interesa, cállese —gruñe Demydovych, dirigiéndose a las dos, antes de que Nina Mykolayivna llegue a replicar—. Lea, Vira Petrivna, no les haga caso.
Y esta empieza a leer. Pero la lectura se va viendo frenada todo el rato por los comentarios, sobre todo por los de su compañera de cuarto y los de Kambala. Y mientras que San Sanych se limita a soltar breves comentarios del tipo «menuda chorrada», Nina Mykolayivna empatiza con los personajes con un entusiasmo tremendo, y casi siempre en voz alta.
—A ver, entonces, ¿qué pasa? ¿Es huérfano, no? ¡Ay, Dios mío, pobre criatura!
—Oiga, ¿y sus padres eran tan famosos porque serían artistas o algo así, o qué?
—Bueno, desde luego, ¡los nombres que se ha inventado la autora! ¿Cómo no se le ha roto ya la lengua, Petrivna, de tanto pronunciar eso? Mientras siga usted diciendo esas cosas, nunca tendrá demencia.
—¿Y por qué se meten con él todo el rato? ¿Porque es un gafotas o qué?
Nina Mykolayivna comenta todo lo que oye: el aspecto de los personajes, sus nombres y relaciones, los nombres de las casas, los rasgos de comportamiento, las posibilidades de dónde se esconde el verdadero mal. Vira Petrivna no hace más que sonreír: su compañera de cuarto le recuerda a su nieta Polina con sus preguntas y reacciones. Pero a la Víbora los comentarios de la charlatana Nina Mykolayivna no le hacen tanta gracia; al contrario, solo la irritan. Hasta que al final se le colma la paciencia.
—¡Ya está! Ya he leído suficiente —dice ella, levantando la voz y poniéndose de pie—. Doy por cerrada la sesión del club de lectura de hoy. Y no volveré, salvo que apaguen este gramófono andante —comenta, señalando a Nina Mykolayivna de forma ostentosa.
—Bah, ¿y yo qué he dicho? —se indigna la otra—. Es un club de lectura. ¿O es que tenemos que quedarnos aquí sentados, como muertos, y no decir ni mu?
Pero la Víbora ya no la escucha. Se dirige a la puerta despacio, pero ruidosamente, arrastrando los pies. Para rebajar un poco la tensión, Vira Petrivna pide a los integrantes del club que digan qué preguntas tienen, para comentarlas entre todos.
—Yo tengo una—interviene Nina Mykolayivna.
Durante un segundo todos esperan, como si alguien tuviera que soltar un «quién lo duda», pero en el salón de actos reina el silencio.
—A ver, si ustedes tuvieran una varita mágica como la de Garik —Nina Mykolayivna se empeña en llamar así a Harry Potter—, ¿qué sería lo único que pedirían?
—Por supuesto, que se acabe la guerra —dice Vira Petrivna la primera.
—Y que nunca más se muera nadie —se suma al deseo Demydovych.
—Y yo también pediría que la mano me volviera a pintar —dice el Pintor.
—Y que alguien les cosiera la boca a todos, aunque solo fuera por diez minutos —añade la Víbora de pronto, ya desde la puerta.
Nadie más dice nada. Solo Kambala se echa a reír con ganas. Total, «Dentaduras postizas» nunca le había gustado demasiado, y ahora por fin alguien ha tenido las agallas para ponerle fin, y encima de una manera tan graciosa. Solo que a Vira Petrivna no le hace ni pizca de gracia. Se está conteniendo para no echarle la bronca. Kambala, en cambio, no se contiene en absoluto.
Al caer la tarde, cuando su compañera de cuarto riega los ásteres del jardín (a Vira Petrivna, por algún motivo, le habían entrado unas ganas tremendas de trabajar con las manos, y Stepanivna le había entregado ceremoniosamente la manguera), Kambala pasa rodando a su lado en su silla de ruedas y le lanza con sorna:
—¿Dónde está ahora su varita mágica? ¿Va a regar por usted?
—No tiene ninguna gracia —contesta Vira Petrivna, contenida.
—Cómo que no, claro que es gracioso —se ríe él por lo bajo.
Vira Petrivna deja despacio la manguera en el suelo, se gira hacia el viejo Kambala y lo mira directamente a los ojos, o, para ser exactos, a su único ojo.
—San Sanych, dígame por favor, ¿por qué no para de meterse conmigo? —le suelta y, de pronto, hablando con el tono de Nina Mykolayivna, lo deja noqueado—. ¿O es que se ha enamorado de mí, eh?
—¿Quién? ¡¿Yo?! —exclama Kambala, sorprendido.
—¡Pues yo no voy a ser!
Y Kambala, en lugar de responder, se pone rosado, luego colorado, luego rojo remolacha y pasa por todos los tonos posibles del rojo, como si fuera un descarado doceañero, al que una compañera de clase ha dejado chafado y arrinconado, en vez de ser un anciano con toda una vida a cuestas.
—¡No estoy enamorado de nadie! —se defiende, incómodo y, por eso mismo, aún más cómico—. Ya quisiera usted.
Vira Petrivna le sonríe: sí, confirmado, los viejos son como los niños. Siente que es una buena oportunidad para hablar por fin con Kambala de tú a tú, porque este vejestorio siempre erizado también debe de tener algo de humanidad.
—San Sanych, ¿tiene usted familia? —le pregunta Vira Petrivna, más resuelta.
—Tengo una hija y un nieto —le contesta, sin saber por qué.
—¿Dónde están?
—Creo que por Inglaterra o por Irlanda. ¡Anda que no los ha llevado la vida de un lado para otro!…
Y después Kambala le cuenta todo sobre su hija. Hasta 2014, Yulia vivía en Donetsk, trabajaba en una fábrica y tenía un trabajo estable y perspectivas de crecimiento. Solo que criaba sola al niño. El marido los abandonó cuando nació el pequeño. Kambala no ayudaba demasiado a la hija. Lo primero, porque su relación nunca fue gran cosa. De niña la educó con severidad y disciplina. Dice que nunca supo ser cariñoso. Ahora comprende que quizás aquello no estuvo bien. Su hija no tiene muchas razones para quererlo ahora.
Y, segundo, incluso si hubiera querido ayudarla económicamente, ¿con qué iba a hacerlo? Sí, de joven no ganaba mal, en los tiempos en que Donbás alimentaba a toda la URSS. Con Gorbachov, todo fue poniéndose cada vez peor. Los sueldos se pagaban tarde, las condiciones en la mina eran duras: accidente tras accidente. Bajas a la mina y no sabes si volverás a subir. Y entonces, Kambala recuerda con una amargura especial cómo en el ochenta y nueve iba a las huelgas, cómo golpeaban los cascos, cómo exigían condiciones dignas.
—Aquellas marchas mineras se hacían por desesperación —suspira—. Luego ya inventaron nos guste o no, ponerse a bailar en el Maidán. Entonces no teníamos dinero ni para comprar una barra de pan, por eso hacíamos las huelgas.
En los noventa, Kambala dejó de ir a los mítines mineros. Hubo un accidente en su mina. Aquel día él estaba trabajando. Cinco personas murieron y una decena resultó herida. Kambala se quedó inválido: se rompió la columna y perdió un ojo. Así fue cómo se quedó sin trabajo, sin un ojo, en silla de ruedas y con una mísera pensión de invalidez. Y hasta esa tuvieron que pelearla. Su hija, por aquel entonces, estaba estudiando en la universidad en Donetsk. Para poder sacarla adelante, su esposa dejó la mina, donde trabajaba en el control de acceso (de hecho, allí la había conocido), y fue a buscarse la vida a Rusia, a Jabárovsk. El trabajo era duro, las condiciones inhumanas. Vivían en barracones, como animales. Una noche hubo un incendio en su residencia. Su esposa, Katia, se asfixió con el monóxido de carbono y no logró salir. Tardaron un mes en traerle el cuerpo. Tras aquello, Kambala, que ya de por sí había sido siempre aficionado a la bebida, acabó por entregarse al alcohol. Se bebía todo lo que ardiera, como suele decirse.
—Si le digo la verdad, solo quería morirme. ¿Qué vida era esa? Partiéndome el lomo desde los diecisiete como un condenado en aquellas minas y después, ¡zas! Y, de golpe, ya estás en una silla de ruedas y nadie te necesita. Nadie me decía ni mu entonces.
Es verdad que la hija lo visitaba de vez en cuando en Donetsk, lo llevaba a una curandera, decía que para reprogramarlo. A veces incluso ayudaba, hasta que volvía a mojar la lengua y recaía otra vez. Así vivió durante años.
—Después empezó la guerra —siguió él—. Al principio no entendíamos qué demonios estaba pasando. Unos pegando palizas a otros en la plaza, no era gran cosa. ¡Joder, ya la habían liado bastante con el Maidán! Acabaron con el gobierno. Después empezaron a disparar. Los misiles sobrevolaban constantemente nuestro pueblo.
La hija de Kambala salió con su hijo de Donetsk enseguida, primero a Kiev, con unos conocidos, porque los demás no se fiaban mucho de los de Donetsk, no les querían alquilar. Después encontró trabajo y logró alquilar un piso. Y hace tres años por fin se compró uno propio en Irpín. En cambio, Kambala no salió de Donbás de inmediato. Vivió casi un año en la zona gris; pensando que aquello acabaría pronto. En 2015 su hija lo convenció y lo sacó de allí. Directamente aquí, a la residencia de ancianos. No se contempló siquiera que vivieran juntos. Con sus caracteres tan opuestos, no habrían podido convivir. Aunque, en realidad, son iguales. Se lo dijo su nieto en una ocasión, cuando aún lo llamaba. Ahora parece que se han olvidado de él. La última vez que lo llamaron fue cuando se refugiaron en el extranjero. Kambala ya no cree que vayan a volver. Su apartamento está dañado; no se sabe cuándo lo arreglarán. El nieto ya tiene diecisiete años. Un año más y tendrá que hacer el servicio militar. Así que mejor que se quede donde está. Solo pide que vengan cuando se muera; así, al menos, lo enterrarán como a una persona. No es que se lo haya ganado por ser un buen padre y buen abuelo, sino por ser sangre de su sangre.
Vira Petrivna no está preparada para una honestidad así: se queda callada, asintiendo con la cabeza. Y piensa: «¿Cuántos más secretos se esconden en esta casa? ¿Cuántas más desgracias grandes y pequeñas guardan estos ancianos tan huraños y espinosos?».
—Así que no me he enamorado de usted ni nada —le dice Kambala de pronto—. Solo que la vida es una hija de perra; por eso uno se tira a morder a todo el mundo y a gruñir.
Vira Petrivna se queda un rato callada, hasta que se gira hacia él y dice:
—Venga a nuestro club de lectura. Además, ahora lo llamamos exclusivamente «Dentaduras postizas». Seguiremos leyendo.
—¿Aquella chorrada? —le pregunta él y, sin esperar la respuesta, añade—: No, gracias. En la vida no hay milagros, ¿por qué buscarlos en los libros?
Y, cogiendo impulso, apoya las manos sobre las ruedas y se aleja bruscamente hacia la casa. Mientras tanto, Vira Petrivna lo observa en silencio y piensa: «Puede que los milagros no existan, pero qué maravilla de creer que sí».