View Colofon
Original text "Aleea Zorilor: începutul" written in RO by Andrei Crăciun,
Other translations
Published in edition #1 2017-2019

Alameda Zorilor: el comienzo

Translated from RO to ES by Corina Oproae
Written in RO by Andrei Crăciun

Cada persona tiene derecho, y éste es un derecho divino, y tampoco puede  ser de otra manera, a una última frase, no es obligatorio que esta frase sea  larga, ni que se parezca a una nota de despedida, pero es importante que  sea verdadera, tanta verdad cuanta quepa, de hecho, en una frase, sea ésta  la última, porque la verdad tiene la costumbre de ser caprichosa, lo que no  significa que no exista, está claro que existe, y se ha de decir, sólo que no se  puede decir en un cuento, porque el cuento tiene su verdad, que no es lo  mismo que la verdad verdadera, pero sin ser menos, y esta frase es mi  derecho a un cuento, y lo utilizaré hasta el final, hasta el punto, yo puse  muchos puntos, yo era periodista, en los tiempos en que los diarios solían existir, y nosotros, jóvenes como éramos, no creíamos que morirían, pero  está claro que han muerto, porque no importa lo que crean los jóvenes,  sino todo lo contrario, en el diario nos obligaban a escribir con oraciones  cortas, para no aburrir al lector, pero el lector se aburría igualmente, como  se aburren los hombres con el paso del tiempo, de hecho, aunque nunca  os lo hayan dicho, tenéis que saber que los hombres mueren porque se  aburren de vivir, vivir puede ser muy cansado, a mí no me han gustado  nunca las frases cortas, pero las empleaba, no tenía más remedio, nadie  tenía más remedio, y en mi defensa no puedo invocar otra cosa que la  realidad de que, de vez en cuando, dejaba que algún gato, siempre negro,  atravesara mis oraciones cortas, para dirigirse a ninguna parte, y los gatos  atravesaban mis oraciones cortas y yo estaba orgulloso de no ser como  todos los demás, yo creía en mis gatos negros, estaba dispuesto a morir por  mi derecho a dejar que los gatos negros viajaran por las páginas de los  diarios, pero nadie me pidió morir por ello, los periodistas vivían en unas  salas inmensas que se llamaban redacciones, decían muchas palabrotas, se  pegaban, se emborrachaban, no creían en Dios, creían en la verdad, los  periodistas hacían el amor sin preliminares, tenían prisa, siempre tenían  prisa, ellos realmente vivían cada día, daban su vida por una ilusión, y,  constatando que habían vivido por una ilusión, morían jóvenes, y en  seguida caían en el olvido, pero ahora ya no pasan cosas así, en nuestro  país ya no hay diarios, ya no hay redacciones, era bonito por aquel  entonces, pero no quiero volverme uno de esos viejos, ya sabéis cuáles, uno de esos viejos que hablan y hablan sobre su juventud perdida, sobre  carros y carretas y caballos y amores cargados de misterio, porque la  verdad, caprichosa como bien la conocemos, es que la nostalgia va en  contra de la verdad, ella suele pulir la verdad, siempre se está mejor en el  pasado, y por qué no iba a estarse mejor, por qué no tener este derecho a soñar la vida que hemos vivido, y quizás haya también otras maneras de  acercarnos hacia el final, pero yo solamente conozco esta manera, la de  mirar hacia atrás, siempre hacia atrás, y de colocar todo lo sucedido, como  también lo no sucedido, todos los días, y todas las noches de mi paso por la tierra en esta única frase por la cual pido no ser juzgado, ni comprendi do, tengo derecho a escribirla tal como me gusta, podría ser también un  poema muy largo o podría ser una carta o podría ser incluso un informe o  podría ser —y de hecho incluso lo es— un certificado, un certificado que  confirma que nací, que pasé mi infancia, que fui un adolescente y bailé,  que bebí cervezas en terrazas y que fui al cine a ver películas, que fui al  teatro y que escuché a los pianistas llorar, los pianistas lloran mucho en  sus sonatas escritas por los hombres de antaño, hombres que ya no existen  ahora, los pianistas lloran viajando a través de las fantasías y de los  nocturnos de estos hombres antiguos, hombres con peluca, y sobre todo  que escribí, escribí, escribí, estuve en contra de las barreras entre las  palabras escritas, estuve a favor de la plena libertad e igualdad de las  palabras escritas, estuve a favor de la rehabilitación de los clichés, me he  servido de los clichés y lo sigo haciendo, porque los quiero, se abusa de  ellos y se los desprecia y nadie los toma en serio, aunque sin ellos nada se  podría decir, aprecié sobre todo los silencios, escribí porque me gustaba  perderme entre mis palabras y mis comas, como un pianista entre  partituras de conciertos de hace medio siglo o más, los diarios fueron mi  música, tenía mi ritmo, y mi ritmo latía como un corazón, mi ritmo era la  respiración misma del mundo, yo tenía que saberlo todo, ¡rápido!,  ¡rápido!, y buscar en los pequeños sucesos el significado de las cosas, que  por supuesto que no existe, cada mañana descubría lo que había ido  ocurriendo en el mundo, cada mañana buscaba el sentido que no existe, y luego incluso me enviaron por el mundo, y viajé por el mundo, una noche  en La Habana, en Cuba, me amó una joven negra, y en Pekín, en China,  exploté a un hombre, un chino muy viejo, quizás eterno, y ese chino me  llevó en su rickshaw un día de lluvia como en el Antiguo Testamento, y un  invierno, en Transnistria, entré en el maletero de un coche, estaba todavía vivo, conocí la desesperación en una calle secundaria de Lima, en Perú y  seguí a un ciego en la Isla de Oia, y en Brujas cogí a una señorita por la  cintura y la levanté hacia el cielo y entonces ella realmente tocó el cielo, en  Estambul casi vi la huella de Mahoma en la arena, y en Sicilia tarareé  romanzas para asnos y para los amores de los cocheros, en Santiago de Chile bailé boleros en las grandes avenidas, sobreviví a una tempestad en  el mar, entre las ciudades de Estocolmo y Helsinki, nunca naufragué,  aunque conocí tantas islas y tantos navíos, y Praga me tiró encima un  puñado de oro, en Lecce me hice esperanzas barrocas, no me mataron en  duelo en Florencia, aunque me hubiera gustado tanto que me mataran  allí, que me enterraran allí, en una colina, bajo un olivo, y, sin arrepentir me, dejé que me cayera la máscara en pleno festival, en Venecia, y en  Moscú me sentí destrozado por la sinfonía de unos terribles silencios  postindustriales, en Minsk miré la estatua de Lenin, y Lenin no tuvo el valor de mirar hacia abajo, hacia la gente, a Paris llegué demasiado tarde y  toda la poesía del mundo se había acabado, en Jerusalén apoyé la cabeza en  el Muro de las Lamentaciones y por un instante llegué a un amor algo más  elevado, la hija de un rabino quiso fugarse conmigo al desierto y la única  forma de impedir ese desenlace fue huir yo mismo una tarde, durante su  sueño de belleza, que ella tanto necesitaba, sacrifiqué un verso blanco en  aquel barrio de Ámsterdam, y en Nápoles me emborraché hasta el delirio,  con la gran belleza, en Lisboa me recogí a la sombra de Pessoa, escuché la  llamada de las noches, conocí arrabales y reyes y criminales y pordioseros y  actrices de varietés, rondé largas temporadas por puertos, por burdeles,  por minas, y saqué a la luz hombres enteros, y en otro momento, os digo  que, lisa y llanamente, me pasé una noche entera mirando el mar, mirar  toda una noche el mar es sobrecogedor, y entonces yo me sobrecogí,  levanté barricadas y derrumbé murallas, creí en la Internacional de los  Hombres Buenos del Planeta Tierra, y no fui nunca a la guerra, no me gustaban las guerras, aunque el comienzo se lo debo a las guerras, porque  por aquella época vivía en la Alameda Zorilor, en una pequeña ciudad de  provincias, y toda la ciudad dependía de la fábrica de armas, allí las armas  se hacían con las manos, y con esas armas mataban a otras gentes en  Kinshasa o quizás en Brazzaville, ¿quién sabe?, pero no oí nunca a nadie preguntarse si estaba bien o no que eso pasara, pero los comienzos suelen  volar y alzarse en un instante hacia el cielo, y se hizo de noche, y se hizo de  día, y en la ciudad ya no había tranquilidad, acababa de caer el Dictador,  había comenzado la libertad, pero la libertad era complicada y la gente no  sabía qué hacer, ¡una cosa así no se había visto jamás!, había tenido lugar  una Revolución y estaba bien, porque íbamos a comer muchas naranjas,  no habían disparado ni una sola bala en nuestra ciudad, nosotros no  tuvimos héroes, en la capital murió el hijo de un cerrajero de la fábrica de  armas, un estudiante de la Politécnica, pero las viejas decían que había  muerto de tan borracho que estaba, que había salido, ebrio, a gritar él  también “¡libertad! ¡libertad!”, como solía gritarse aquel invierno, e iba en  zigzag y gritaba y un soldado le dio el alto para un control de rutina, si la  rutina cabe dentro de una Revolución, y a él, por culpa de la borrachera  que llevaba, ni se le pasó por la cabeza pararse, e incluso se metió la mano  en el bolsillo del abrigo, como si quisiera sacar un arma, y el soldado le  disparó un tiro mortal, porque él no podía saber que el hijo del cerrajero,  estudiante en la Politécnica, no tenía ningún arma, sino una botella de  aguardiente, pero en las Revoluciones es imposible prever esas cosas, en la  ciudad ya no había tranquilidad, muy pocos estaban de parte del cerrajero,  pocos creían que su hijo había sido, de verdad, un héroe, decían que había  recibido una condecoración póstuma, pero no conocíamos a nadie que la  hubiera visto, y el cerrajero se dio a la bebida, tomó el camino del restaurante Căprioara, los hombres, sean barberos o torneros o incluso médicos,  tomaron todos el camino del restaurante Căprioara en el momento en  que la vida perdía su sentido, yo tenía seis años, pero sabía qué significaba  darse a la bebida, en nuestra ciudad, en la Alameda Zorilor, muchos  hombres solían darse a la bebida, a quienes traían sus mujeres a casa borrachos, los traían diciéndoles por el camino todo tipo de palabras feas  que a nosotros, siendo niños, no nos estaba permitido emplear, pero que  evidentemente empleábamos, y los pobres hombres que se habían dado a  la bebida ya no sabían qué hacer y pegaban a sus mujeres, les zurraban  hasta que se les saltaban los dientes, según se decía, pero nosotros, siendo  niños, queridos míos, no veíamos ningún diente saltando, solamente  veíamos cómo se les hinchaban los ojos a las mujeres, pero también había  mujeres más fuertes que se peleaban con ellos, les plantaban cara, y más de  una vez los hombres que se habían dado a la bebida casi ni podían llegar a  su casa por los insultos y golpes que habían recibido, y el cerrajero se dio él  también a la bebida, como os decía, su mujer lo había dejado ya desde los  tiempos del dictador y se había ido a vivir con otro, uno con cara de lobo,  un hombre basto, de pueblo, y el cerrajero estaba solo, y por la noche  pensaba en su hijo muerto de un disparo mortal por haber dejado que la  mano derecha se le deslizara al bolsillo interior del abrigo durante una  Revolución, cosa que no se ha de hacer, el cerrajero, evidentemente, se  volvió loco, iba siempre con un bolso pequeño de piel, donde llevaba  zanahorias, no paraba de sacar zanahorias de ese bolso, era como si el bolso  de piel fuese, de hecho, un sombrero en el cual crecieran conejos, y los  conejos necesitasen todas esas zanahorias, es incomprensible el misterio  que traían las zanahorias a la vida del cerrajero, pero un día también su  vida terminó, él escogió ese día, e hizo de una silla de cocina su patíbulo, se  ahorcó, ya era casi otoño, lo enterraron fuera de las tapias del cementerio,  la ciudad no tenía iglesia, al lado del cementerio solamente había una  capilla, y al cerrajero no lo metieron en la capilla, y lo más curioso es que  tenía una boina en la cabeza cuando lo metieron bajo tierra, yo me  acuerdo de todo esto, ¿cómo no me iba a acordar?, si lo conozco desde los  tiempos del Dictador, cuando era un hombre alto que podía llevar sobre  sus hombros todo el cielo...

More by Corina Oproae

Ni un instante Portasar

Allí Lucas es tan veloz que, si corre, las imágenes nuevas apenas si llegan a  tiempo de remplazar a las antiguas. El viento sopla silenciosamente pero  con eficacia, fricciones mínimas. Los huertos están rodeados de bosque  y dentro del bosque, a través del procedimiento del paseo, Lucas ha  encontrado un tilo muy grande, con las hojas blanquecinas por la parte  de atrás, con un hueco muy grande en la base. Dentro había arena seca y  sábanas para poder dormir cuando llueve y un frasco de mermelada. Allí  Lucas no echa nunca en falta números para sumar, multiplicar y dividir y  al final puede ...
Translated from RO to ES by Corina Oproae
Written in RO by Cătălin Pavel

Rebelión a la inversa

Su vida junto a Carmen Ottomanyi había comenzado de manera muy  abrupta al acabar el primer curso de bachillerato. El día en que decidió  marcharse de la ciudad, había ido a buscar a la tía aquella alta de la otra clase, una tal Fahrida (su viejo era iraní), que sin embargo se hacía llamar  Frida. Se marchaba de la ciudad porque tenía el convencimiento de que  cuando uno se va, deja atrás sus limitaciones; un convencimiento absurdo  si bien, por otro lado, si uno nunca lo tiene acaba siendo objeto de  compasión. Se encontró a la tal Frida con una pandilla de chicas, detrás  del edificio, fuman...
Translated from RO to ES by Corina Oproae
Written in RO by Cătălin Pavel

El dilema del paraguas marrón La primera puerta a la derecha Nada

Había una vez, en la realidad, un paraguas marrón. Era ese tipo de paraguas  grande, con mango de madera, debajo del cual caben hasta dos personas.  Vivía en una heladería, en un rincón polvoriento. Dentro, se habían hecho  la casa unas cuantas arañas de patas largas. Una noche..., era una noche de  verano, el paraguas abrió los ojos y decidió: “Me voy”. El problema era que  el paraguas marrón no tenía piernas y no podía irse a ninguna parte por sí  solo. Alguien se lo tenía que llevar.   Al día siguiente, por la mañana, Carl abrió la heladería, como de  costumbre, y se sentó detrás del mostra...
Translated from RO to ES by Corina Oproae
Written in RO by Anna Kalimar

Un ángel

—Shhh, que viene.  Los hombres se aguantan la respiración y permanecen inmóviles,  amontonados en el callejón. Por delante de ellos pasa una mujer con un  abrigo verde, bolso, zapatos y guantes de piel de serpiente. Sus tacones  emiten un sonido agudo y del pelo recogido en un moño se le han soltado  unos mechones. La calle peatonal está llena de gente que va de compras y el  lujo descomunal de la mujer desentona. Aun así, nadie le silba; incluso hay  quien se aparta al verla venir.  —Vamos, ahora —le susurra el mayor al otro, y los dos la siguen a  hurtadillas.  Lo hacen a una distancia consi...
Translated from RO to ES by Corina Oproae
Written in RO by Anna Kalimar

El comunismo visto por los niños muy pequeños

Tengo cuatro años y no he subido nunca más allá del primer piso. Estoy  convencido de que la serpiente azul de la barandilla es interminable, de  que sube y sube y sube, de que hace estallar el techo de brea de nuestro  bloque de pisos y avanza invisible hacia el cielo. Es un pensamiento que   no cuento a nadie. El miedo se me calienta bajo la flama de este pensamiento.   La gente baja de los pisos superiores, desde el cielo, a veces hablan  en voz muy baja y yo no oigo lo que se dicen. Pero nunca hay un silencio  pactado entre ellos. Nunca hay tran-qui-li-dad. Los susurros flotan de uno  a ot...
Translated from RO to ES by Corina Oproae
Written in RO by Andrei Crăciun
More in ES

No quiero ser un perro

ACABAR CON EL MAL DE AMORES, tecleo. Esto tiene que terminar ahora. Veo historias de gente, no quiero historias, quiero soluciones, no compasión. TRANSFORMACIÓN, tecleo. Google dice que se da transformación en las matemáticas y en la genética. Elijo la segunda y hago de ella mi primera elección. Estoy cansada de este cuerpo que ha besado demasiada gente, que quizá esté dañado —me he conducido de manera temeraria, demasiado ocasional; tiene que desaparecer, ser distinto y mejor. Transformación genética. Una cura detox con zumos resplandece en la pantalla. «Transfórmate en una nueva versión de t...
Translated from NL to ES by Daniela Martín Hidalgo
Written in NL by Alma Mathijsen

El automóvil de la Antigua Grecia

Era un día caluroso de junio. Solo que no se le decía junio, sino targelión o esciroforión. Dos personas abandonaban las murallas de Atenas y en amistosa charla echaban a andar a lo largo del río Ilisos para darse un paseo por la naturaleza. Hablaban, principalmente, del amor. El más joven de los dos llevaba transcrito un discurso ajeno acerca de que el amor era el mal, pero también él lo pensaba. De hecho, solo hablaba de ese discurso ajeno. El hombre mayor, para sus adentros, no estaba de acuerdo; sin embargo, le ponía bastante su fervor. Y, así, pararon bajo un alto plátano, donde el hombr...
Translated from CZ to ES by Daniel Ordóñez Franco
Written in CZ by Ondrej Macl

No den comida a los monos

Luz llevaba más de media hora esperando bajo el sol. De vez en cuando, re corría la acera de un extremo a otro para desentumecer las piernas y aliviar  el peso de la barriga. Sus ojos se movían con rapidez entre los coches que  circulaban por la avenida, especialmente cuando se oía un acelerón. Pero  nada.   Decidió refugiarse del calor bajo el alero del edificio. Fue entonces  cuando, detrás de un autobús, apareció zigzagueando el pequeño coche  rojo. Luz vio cómo Jaime frenaba en seco y se ponía a tocar el claxon repeti das veces, como si llevara un buen rato esperándola. Ella aguantó un poc...
Written in ES by Roberto Osa

13 DÍAS EN NUESTRA NEVERA

BIOGRAFÍAS  QUIM  36 años. Barcelonés. Cocinero. Trabaja en un restaurante de comida catalana,  pero intenta dar un toque innovador a sus platos, uniendo tradición y modernidad,  aunque no siempre lo consigue. Dejó su tierra porque se enamoró de Luz. A media  noche, cuando cierra el restaurante, suele encontrar cualquier excusa para perderse  por los pubs y discotecas de la ciudad.  LUZ  33 años. Conquense. Responsable, pero algo dada a la discusión,  especialmente si esta se produce a través de una pantalla. Estudió en Barcelona,  donde conoció a Quim, pero desde hace unos meses los dos viv...
Written in ES by Roberto Osa

Oda a la hermandad

Vi cómo Andrei se alejaba y entonces empecé a quererlo. Vi su mochila negra, abultada, que llevaba como un escudo a la espalda. La llevaba tan llena que era evidente que no estaba de camino, que no iba a ninguna parte. Si se adentrase así en las montañas, la mochila lo arrastraría hacia atrás, hacia el abismo. Las cremalleras estaban estropeadas, en cualquier momento podían soltarse y reventar, y yo me imaginaba que la mochila se desplegaba, como un airbag, un hinchable, cada vez más grande, como un paracaídas que tiraba de Andrei hacia arriba y lo llevaba allí donde debía estar. En primero d...
Translated from NL to ES by Carmen Clavero Fernández
Written in NL by Yelena Schmitz

I panda di Ueno

Desde que habían nacido los niños, o quizá desde que me había registrado en las redes sociales, o incluso desde cuando el trabajo me obligaba a comunicarme de manera clara y alusiva, a hacer, en resumen, referencia a cosas conocidas en vez de inventarlas, dividía mi tiempo en tiempo real, o sea, el que podía contarme en mi «idioma verdadero», y el tiempo falso, es decir, aquel en que tenía que hablar por categorías, dentro de unos registros o por emulación de comportamientos. Leía en las novelas sobre hombres tenaces y con fuerza de voluntad que se levantaban a las cuatro de la mañana, se dab...
Translated from IT to ES by Inés Sánchez Mesonero
Written in IT by Arianna Giorgia Bonazzi