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El primer coche se esfumó poco después de las cinco y media de la mañana, justo antes de la hora punta. Surgían luces de todos lados y la gente salía de sus casas. Los tranvías y los buses se arrastraban por las calles. Los metros se movían retumbando bajo los barrios residenciales, sin dificultad. O eso parecía. Porque yo también escarbaba en la profundidad.
Todo empezó con una grieta. Un paso de cebra se desgarró, el firme se hundió y el asfalto se abrió. Hacía unos segundos, había un Peugeot 206 perfectamente aparcado junto a la carretera; ahora estaba en el agujero, tumbado sobre su costado, como si durmiese.
La calle fue acordonada. Más tarde, me contarías que algunas personas se arrodillaron junto a la abertura y miraron abajo, con una sonrisa burlona. Las cámaras ampliaban la imagen. Los trabajadores municipales hacían aspavientos a los curiosos para que se hicieran a un lado. Una grúa levantaba el vehículo. Los presentes apuntaban con el dedo. Los niños chillaban emocionados. Y había quien tenía miedo. ¿Por qué se había vuelto el suelo contra la ciudad?
A continuación, todo ocurrió muy rápido. La tierra se rasgaba por todas partes. Yo me enteré de los detalles más tarde gracias a ti. Un camión se hundió por las ruedas traseras en la place du Châtelain del barrio de Ixelles y permaneció inmóvil, con la cabina del conductor en el aire y la caja abrazada por la tierra fértil. Una rotonda agrietada engulló una furgoneta en el punto menos elevado de la avenue Chazal, en Schaerbeek. En la céntrica rue Mercier, un temblor corto y muy potente le dio un bocado a un trozo de suelo. En la rotonda Schuman, situada junto a la Comisión Europea, el pavimento se tragó dos coches. Y en la chaussée de Louvain, en Sint-Josse-ten-Noode, se había abierto una grieta deshilachada de un día para otro. Más de cien vecinos tuvieron que ser desalojados. «Hay problemas de estabilidad. Debe abandonar su hogar. Sí, ahora». Por toda la ciudad había placas de asfalto deformes y arrugadas, como mi piel.
La gente buscaba respuestas con ahínco. Quizá las cañerías habían estallado, las juntas habían cedido o las raíces de los árboles habían penetrado demasiado en la tierra. Las tuberías de hierro del siglo xix habían vivido tiempos mejores. Eran tan frágiles que cada vez se estropeaban con más frecuencia, provocando fugas por toda la ciudad. El agua, sometida a una enorme presión, se había acumulado en el terreno, que ya era bastante pantanoso de por sí. Había empezado a llevarse el suelo bajo las avenidas, desmenuzando los cimientos y haciendo colapsar las calles.
En otro momento, me hablaste sobre la campaña de odio provocada por la situación. Los ciudadanos se echaron a las calles enfadados, las redes sociales empezaron a arder. ¡El Gobierno estaba fallando! ¿Dónde quedaba la política? Algo tenía que pasar con aquella infraestructura anticuada de forma urgente, según decían los expertos en artículos de opinión y en tertulias. «Los conductos están enterrados a gran profundidad. Nuestros vehículos pasan por encima todos los días, pero es imposible saber lo que está ocurriendo ahí abajo. Ni siquiera hay mapas que muestren exactamente por dónde discurre cada uno. Es un verdadero desastre. Cada vez tendremos que lidiar más con estos socavones. Nuestro alcantarillado se ha convertido en un polvorín».
Por supuesto, también se oían otras opiniones. Hundimientos… eso no se lo traga nadie. ¿Todos esos hoyos, tan seguidos, eran por unas cuantas fugas en las tuberías? ¡Anda ya! Ahí había mala fe. Debía de haber alguna organización extendida a nivel internacional con una coordinación estricta al mando de todo aquello. Bruselas era un nido de espías. Siempre lo había sido. Podía obtenerse mucha información en la ciudad, que acogía a cientos de delegaciones extranjeras, además de a la sede de la OTAN y a las instituciones europeas. Los agentes secretos afluían a la capital belga como moscas a un vertedero. Portafolios con doble fondo, dispositivos de escucha ocultos: eran cosas que no sorprendían a sus residentes desde hacía bastante tiempo. Si pedías un filete con salsa béarnaise a la sombra del edificio Berlaymont, era mejor que no te fueras de la lengua. Los micrófonos estaban escondidos en todas partes: bajo la mesa, en el revestimiento de la pared… incluso en las copas de vino. Cada rincón de la ciudad estaba plagado de espías, eso estaba claro. Es Bruselas, al fin y al cabo. Pero ahora habían brotado por los barrios esos voraces boquetes.
Pronto empezó a surgir una teoría tras otra. Los agujeros representaban la primera hazaña de una conspiración a gran escala. Por las noches, los confabuladores se estaban congregando en el sótano de un negocio de kebabs —¡o de un restaurante de sushi!— en Molenbeek, con una importante población musulmana, o en el barrio europeo. Allí, inclinados sobre las mesas pegajosas, untaban las patatas fritas en la mayonesa —¡o el sashimi en la salsa de soja!— y, mientras tanto, estaban tramando los planes más espantosos. Ahora tan solo hacían desaparecer coches, furgonetas y camiones en la profundidad. Pero ¿quién decía que pararían ahí? Antes de que nadie se diera cuenta, caería el primer habitante de la ciudad. Y, dentro de poco, esos hoyos quizá empezarían a tragarse a niños. ¿No había aparecido uno a escasos metros de una guardería en Saint-Josse-ten-Noode? Pero podría ser peor. ¿Y si una noche un boquete del tamaño de la ciudad se zampara todos los barrios de Bruselas —el corazón del país— de un solo bocado? Imagínate: la oscuridad devorando a todos sus habitantes a la vez. Podía ocurrir en cualquier momento. ¿Por qué no entraba nadie en acción? Aún había tiempo. Si todo el mundo despertara justo en ese momento, quizá podrían pararles los pies a los conspiradores.
Chillé entre risas cuando me contaste las explicaciones que se les habían ocurrido a tus congéneres. Cada teoría era más absurda que la anterior. Pero la esencia no estaba lejos de la realidad: algo borboteaba bajo la superficie; una energía oscura se había adueñado de los suelos. Nadie podía averiguar la auténtica causa de los hundimientos. El mundo que pisaba el Homo sapiens aún era terreno desconocido. Tanteaban en la oscuridad, la misma en la que yo escarbaba día y noche.
Por supuesto, tú ya te olías algo. ¿Que si yo tuve algo que ver? Siempre consigues que te cuente todo —o casi todo—, así que no tiene sentido negarlo. Sí, actué un par de veces por cuenta propia a la espera de órdenes. Pero no me sumergí directamente en las profundidades. Al principio, me limité a hacer algún que otro reconocimiento en la zona de la place de la Patrie.
La primera vez, estaba aterrada de traspasar el perímetro que había delimitado con tanta cautela alrededor de mi madriguera. Sobre todo porque tuve que hacerlo sola. Ojalá ella hubiera estado allí conmigo. Pero sabía que la administración consideraba necesario cartografiar la superficie —es donde tu especie estaba más activa, a fin de cuentas—. Primero penetrar, después socavar. Por lo tanto, decidí abandonar mi puesto de guardia en la place de la Patrie por primera vez en meses y examinar el entorno más amplio.
¿Que a dónde me dirigía? Vale, escucha con atención y escribe todo tal y como te lo voy a contar.
Asomé la nariz afuera, intentando asegurarme de que los ávidos ojos de las cámaras no me estuvieran acechando. Hasta donde pude comprobar, la costa estaba despejada. Dejé la plaza y seguí por la avenida hacia el este, dejando atrás la gasolinera y la tienda de la esquina. Nunca había llegado tan lejos. Hice todo lo posible para continuar respirando con calma, pero aun así sentía cómo el aguijón de la angustia se arrastraba como un grillo por mi garganta.
Los tranvías iban y venían por el centro de la avenida. Caminé por el arcén, a una distancia prudente de los raíles, oculta a ojos humanos gracias a las briznas de hierba y a los dientes de león. Las raíces de los cerezos japoneses empujaban el asfalto hacia arriba. Por encima de mí, las copas aún no habían florecido, pero ya podía oler sus yemas; sentía cómo se tensaban de la expectación. Un poco más y estallarían, embriagando con su perfume las calles y a sus vecinos durante días.
Pero en aquel momento me alcanzaban otros aromas. El aire de los contenedores, la grasa del pavimento y el cóctel de gases de escape que flotaba sobre la plaza. Me escondí en el césped bajo un panel publicitario y palpé las corrientes de aire.
Me quedé descolocada al intentar abarcar la place Meiser. No sabía por dónde empezar a husmear. El caos era absoluto. Tus congéneres salían disparados en todas direcciones metidos en sus coches, esas crisálidas de metal. Algunos ciclistas hacían zigzag entre autobuses y furgonetas que se cortaban el paso de forma continua, y otros se jugaban la vida con temeridad en los pasos de cebra. Uno tras otro, los tranvías cruzaban la rotonda causando un gran estruendo y se sumergían en los túneles, que me atraían con sus fauces abiertas. Pero me controlé y me mantuve en la superficie para vigilar lo que ocurría a mi alrededor. Junto a mí se apresuraban grandes piernas de humanos. Zapatos de todos los colores y formas, cubiertos de una gruesa capa de olores. La ciudad se pega a vuestras suelas, y vosotros cargáis con ella vayáis donde vayáis.
Mis expediciones no se limitaron a breves visitas a la plaza. Quería algo más. Cada día, mi miedo al mundo exterior disminuía y mi sed de información crecía. Esta sed también permeaba en tus semejantes. Y sobre todo en ti, con tu anhelo de anotar todo lo que te cuento.
Una mañana puse rumbo a un lugar dónde los coches no iban volando, donde la gente parecía andar con más tranquilidad por los caminos. Una zona verde establecida hacía doscientos años. Allí iban tus congéneres a relajarse, encajonados en los límites que ellos mismos habían definido. Allí podía prosperar la naturaleza domesticada, en parcelas donde se segaba de forma tardía, donde se toleraba y se vigilaba la convivencia ordenada de plantas rastreras, matorrales y árboles.
Me sumergí en el parc Josaphat y vagué por jardines repletos de especies de árboles que vuestros antepasados habían arrancado de raíz y trasplantado allí. Crucé estatuas que debían recordar la gloria de tu patria y, sobre todo, a la del monarca que en algún momento había facilitado la creación del parque. Evitaba los estanques con suma cautela. Sobre la orilla, junto a las rocas artificiales, los gansos del Nilo husmeaban con silbidos furiosos en busca de semillas, gusanos y bronca. Unos galápagos de Florida gigantes tomaban el sol con los ojos cerrados sobre unas ramas en el agua. No parecían traerse nada malo entre manos, pero nunca se sabe: ya me podía imaginar sus picos afilados lanzando mordiscos en mi dirección. Un descuido y me habrían arrastrado bajo el agua para succionarme en su saco gular inflable, dando mi misión por terminada. Tiritando, me adentré en el parque. Sobre mi cabeza, en las altas copas de los árboles, había bandadas de cotorras de Kramer intercambiando insultos en sus estridentes dialectos. Aceleré el paso pensando en todos los especímenes invasores con los que me había cruzado, igual de foráneos que yo, pero ni mucho menos tan solitarios.
Mientras atravesaba la espesura, me hice una idea del dinero manchado de sangre que había hecho posible construir ese parque. Sentí cómo se abría paso en mi mente, con lentitud y viscosidad, junto a aquel flujo de materias primas; el largo recorrido por tierra y mar, desde aquel lejano continente que yo misma había dejado hasta aquí, esta ciudad en medio de tu país. Cómo aquel capital había respaldado la creación de vuestro estado del bienestar. Cómo crujían en vuestros móviles las virutas de cobalto y coltán obtenidas en minas privatizadas en aquel otro país mucho más grande. Cómo los antiguos minerales apaciguaban a sus nuevos usuarios con voces impasibles que prometían distracción y afirmación. No oíais las de vuestros jóvenes congéneres que habían extraído los minerales. Pero vuestros teléfonos sí os permitían estar en contacto con muchas otras voces. Zumbidos, tintineos, bramidos y cuchicheos. Inyecciones de dopamina administradas por dispositivos; conversaciones entre el humano y la máquina. Escuchaba el intercambio constante de gruñidos entre los árboles mientras captaba los movimientos de los grupos de personas que merendaban sobre el césped. Un niño pequeño rio, se tambaleó hacia sus padres, tropezó, cayó y fue consolado.
¿Tú también estabas allí? ¿Me buscabas? Si mis vibrisas hubieran estado mejor entrenadas, quizá habría notado tu presencia y te habría seguido la pista mientras recorrías los senderos entre la maleza. Desperté a un grupo de conejos y trepé una colina, alerta a cámaras que me pudieran estar vigilando mientras me movía entre las sombras. Crucé la avenida y me arrastré por debajo de una verja desgastada. Empecé a cavar una trinchera en el suelo de un terreno baldío.
Nunca había sentido una proliferación de sensaciones tan intensas en mis vibrisas desde que llegué a esta ciudad. Los zapateros y las mariquitas bailaban sobre las briznas de hierba, los cuerpos velludos de los abejorros de campo, las moscas del manzano y las abejas andrenas de color bronce oscuro zumbaban en torno a mí. Y sobrevolándome: el gorjeo de los chochines, los gorriones y los zorzales, el cloqueo de las tórtolas europeas, y la carcajada de las gaviotas reidoras. Cada cierto tiempo, marchaba un tren a través del paisaje o pasaba una persona con botas de goma y prismáticos con torpeza por la llanura. Aparte de eso, solo estábamos la hierba y los pájaros, los insectos y yo.
Me habría gustado quedarme un poco más en aquel oasis —al menos hasta que el Homo sapiens hubiera iniciado un nuevo proyecto de construcción—, pero no podía dormirme en los laureles. Era hora de pasar a la acción. Así que empecé a excavar.