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Original text "Dnevnik" written in SL by Mirt Komel,
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Published in edition #2 2019-2023

Medsočje

Translated from SL to ES by Xavier Farré
Written in SL by Mirt Komel

Diario

21 de agosto
      Me llamo Erik Tlomm y este es mi diario. Mi psiquiatra me ha recomendado escribir, parece ser que para recuperarme mejor. Pero ¿a quién debería escribir? ¿A él? ¿A mi mujer, Lina? No va ser a ella a quien precisamente le enseñe mis escritos. Cuando le expresé mis dudas, el psiquiatra me contestó: «Escriba para sí mismo». De manera que me compré un pequeño cuaderno de piel y me encuentro aquí, en el escritorio, para escribirme el diario, por mucho que no pueda librarme de la sensación de que escribo también para otra persona. Pero ¿para quién?

22 de agosto
      Voy a explicar mi primer apunte del diario (¿a quién?, ¿a mí?, ¿a él?, ¿a ti?): he pasado por una crisis nerviosa que me ha dejado unas secuelas tan graves que ni el alcohol, mi dudoso amigo de innumerables tardes y noches, ha conseguido mitigar. 
      Por iniciativa de mi mujer —y en contra de mi propia voluntad— fui a ver al psiquiatra, y este, como desconfiaba de sus propios conocimientos, me recetó primero unos medicamentos cuyos nombres no sé decir sin tener las cajitas a mi lado; lo único que sé es que todos tienen componentes químicos y que también tienen unas terminaciones cómicas: -zapin, -zain, -zac, -zepam, -zolan, y como prefijo tienen varios nombres prosaicos. Solo pensar que tenía que tomar medicamentos me repelía tanto que he preferido descubrir a aquel inquisitivo doctor algunos detalles de mi vida personal con los que me he ganado su favor, y a la vez sin hablarle demasiado de mí. 
      El buen señor doctor ya vio al cabo de poco, gracias a sus conocimientos, que en realidad yo no estaba tan mal, y me prescribió una baja muy simple: «Retirarse de la ciudad, lejos de la gente, lo más cerca posible de la naturaleza». Y casi por casualidad me vino a la cabeza: ¿podría encontrar algo mejor que el valle de Soča, el pueblo al lado del río que tiene apenas unos mil habitantes?
      El psiquiatra estuvo de acuerdo y, al despedirnos, me dio un apretón de manos y una tarjeta de un colega suyo que llevaba una clínica psiquiátrica cerca del lugar en el que yo había decidido pasar ese breve descanso. 
      En cuanto a la pregunta, no estoy seguro de que fuera la correcta, pero la respuesta estaba en mi mano: Medsočje. 

23 de agosto
      Tuve una crisis nerviosa en mi lugar de trabajo, pero no fue a causa del trabajo. De ninguna manera. No me atrevo ni a pensar en algo así, ¡y ya no digamos escribirlo o explicarlo!
      Antes se decía: «honor y poder para el trabajo», «quien no trabaja, no come», «el trabajo os hará libres». Eslóganes como estos y otros parecidos propagaban las personas influyentes del único partido de antes, pero en esos tiempos no había nadie pobre. Tampoco nadie se tomaba en serio a la mano dura del partido, con botas de cuero, como hoy en día nadie se toma en serio el mercado supuestamente libre. Me parece que es apenas ahora, al haber cambiado de socialistas a capitalistas, al pasar por antiguos caminos embarrados con unos nuevos calcetines de algodón, que nos tomamos en serio aquellos eslóganes sobre el trabajo. Pero en realidad es mucho peor, porque en aquella época al menos podías culparle de todo al régimen, mientras que hoy en día es uno mismo el responsable de su propio fracaso. Y esto lo he experimentado en mi propia piel con el síndrome de acabar quemado. 
      También es verdad que el trabajo tiene poder sobre mí, pero del honor —a pesar de haberse excedido hasta un límite humano a la hora de ensanchar y tensar la mente y el cuerpo— no hay ni el más mínimo rastro. Sí, lo reconozco: a diferencia de la mayoría de ejemplos parecidos de otras personas que, por lo general, acaban quemados porque sus patrones los llevan hasta el agotamiento al ampliar la productividad en su deseo insaciable de aumentar las ganancias, he sido yo mismo quien me he puesto en ese estado. Respetable hasta un extremo, ¿no es así? Exijo una medalla por mis logros particulares en el mercado laboral, y que me la otorgue una de esas asociaciones optimistas que pretenden conseguir la normalización de lo que hoy en día es paranormal entregando condecoraciones con los nombres más adorables posibles (el castor astuto; la aplicada abeja; la rápida gacela; la laboriosa hormiga, ¡como si leyera fábulas de aplicados animales trabajadores!). 
      En Nova Gorica me gano la vida trabajando como periodista autónomo en el periódico Primorske novice; pero he nacido en otro lugar, en Šempeter pri Gorici, y como profesión, o mejor dicho, como vocación, me considero escritor. Tuve la crisis justo cuando escribía mi primera novela, puesto que también en el periódico se me acumuló mucho trabajo. Durante el día no paraba, hacía entrevistas a la gente, pasaba las grabaciones del dictáfono, escribía artículos de esto y de aquello. Por la tarde y por la noche me consagraba a la escritura, junto a cantidades ingentes de café, de cigarrillos y de ceniza. 
      Llevé ese ritmo durante unos meses, pero después me golpeó la implacable guadaña de los excesos. No pude terminar la novela. Qué digo terminar, ¡si apenas la había empezado! Así que me he traído el manuscrito no terminado. Y ahora me espera pacientemente, y yo a él. 
Dante, D., detective

7 de octubre (al mediodía)
      Hoy temprano por la mañana el destino ha llamado a mi puerta. Pero no ha llamado y entrado como una tormenta y con un gran estrépito, como se podría esperar, acompañada de la corriente de aire, que es fiel habitante de mi casa de Medsočje, sino que ha entrado discretamente y con mucho tacto, como corresponde a su carácter. 
      Su largo pelo de un rojo oscuro, casi negro, peinado hacia un lado caía sobre el chubasquero de color ocre que se fundía discretamente con su camisa de un blanco puro, mientras que los estrechos pantalones negros de piel se fundían en unas botas también negras con las que entró en mi vida. Se presentó y me mostró el carnet del Departamento Nacional de Investigación. Llevaba su fotografía, un apellido poco habitual, solo la inicial del nombre y, al final, su título sin explicitar: Dante, D., detective. 
—¿Dante? Es un apellido poco habitual. Por lo que sé, es el nombre que tenía Alighieri, el famoso poeta de Florencia. ¿No tendrá un parentesco cruzado entre el nombre y el apellido? —Intenté bromear, pero ella no contestó, así que yo continué como si nada—. ¿D. es la inicial de su nombre? ¿Dana? ¿Dijana? ¿Danaja?
—Me puede llamar De, no hay problema.
—¿De? ¿Como si fuera la letra del abecedario? 
—Sí, más o menos, como la letra.
—De, un placer, yo soy E.
D. aceptó mi invitación a entrar, pero rechazó tomar una copa.Ç
—No bebo.
—¿De servicio?
—No, en general. 
Enciendo un cigarrillo y le ofrezco uno.
 —No fumo.
—¿En general?
—Así es.
—¿Café?
 —Un té.
 —No tengo té.
—Da igual. Creo que nos vamos a entender de maravilla.
—¿Enciende la estufa en otoño? —me preguntó de sopetón. 
—Ayer la encendí por primera vez, para sacar la humedad de los últimos chaparrones —contesté tranquilamente y me senté en la silla que había cogido del escritorio bajo la ventana y había puesto hacia ella para poder observar cómo se paseaba a paso lento por la habitación. 
      Lo miró todo con detalle, como si llevara una investigación, desde la máquina de escribir hasta el viejo gramófono, y desde la librería hasta la porcelana kitsch en los estantes y las naturalezas idílicas de seda en la pared. Finalmente también ella se sentó y, entonces, desde el sofá de la otra parte de la mesilla baja en la que yo lo tenía todo desperdigado, los cigarrillos y el periódico y las llaves y otros objetos, dijo:
—Escuche. Me han enviado aquí del Departamento Nacional de Investigación para investigar el asesinato de Magdalena Mozina. Es un caso, ¿cómo lo diría?, muy atípico. En estos casos que atañen a los poderes, principalmente dentro de las competencias de investigación de la policía criminal, nos envían a nosotros. Pero si se trata de un asunto más embrollado, entonces me envían a mí.
      En este punto de su discurso, que parecía una presentación de su departamento por internet, se estiró cómodamente hacia atrás, las manos cruzadas, con una mirada severa y con determinación en su voz. Y entonces se inclinó confidencialmente hacia adelante con los codos en las rodillas, suavizó la mirada y habló con una voz claramente más pausada:
—Cuando el crimen se produce en pequeñas comunidades, intento encontrar un informador local, cabe destacar que contrariamente al procedimiento que hay que seguir. Los locales no suelen confiar en el poder que viene de fuera. Ni tan siquiera la policía local. Aún menos cuando, como en este caso, el criminal es un miembro de la comunidad. Lo quieren solucionar todo sin la ayuda de fuera, así es como están acostumbrados. Una manera de patriotismo.
      Al cabo de un momento se detuvo para coger aire, pero antes de que yo consiguiera analizar lo que me había dicho, continuó: 
—En resumen, en estos casos necesito a alguien de dentro, una persona local, de la zona, un miembro del clan. Aquí he encontrado algo aún mejor: a usted. No es usted de aquí, pero ya ha vivido aquí bastante tiempo para conocer a la gente y, lo que es aún más importante para la investigación, para conocer las condiciones de aquí. Ya lo ve, Erik Tlomm, lo sé todo de usted, pero no sé nada de Medsočje.
En ese punto conseguí interrumpirla.
—Espere, espere. ¿Lo sabe todo de mí? Y, sobre todo, ¿cómo sabe que el asesino es uno de los que viven aquí?
      Se le dibujó una sonrisa en los labios, casi imperceptible, y a pesar de su mímica tan disimulada, su cara mostraba un placer particular en su explicación.
—Muy simple: aquí solamente se llega por la circunvalación que se bifurca de la carretera principal, pero que después se vuelve a unir en el puente tras una pronunciada curva. El día del crimen, la carretera estuvo durante el día cerrada por ambos puntos: por una parte, estaba inundada; por la otra, había caído un árbol. La tormenta aisló por completo el pueblo del resto del mundo hasta el día siguiente, que fue cuando se descubrió el cadáver. Se comprobaron las declaraciones de los testigos y también las grabaciones que había en la gasolinera: no hubo ningún coche nuevo, ninguna cara nueva el día del crimen. Justamente podemos incluso deducir que la escena del crimen, que aún no hemos descubierto, se encuentra cerca de la plaza. Porque además no es nada creíble que el asesino hubiera arriesgado un camino más largo con un peso tan incómodo como es un cadáver. Por ahora, podemos deducir la reconstrucción de la siguiente manera: el asesino mató a Magdalena Mozina; después, en mitad de la noche, por causas que aún se me escapan, se encontró en la plaza y vio una buena oportunidad en aquel tilo quemado.
¿Una buena oportunidad? ¿Para qué exactamente? Me quedé mudo mirándola, mientras hacía girar en el dedo su anillo de casada, como hacía siempre que reflexionaba sobre algo serio. ¿Llegó a establecer todo esto antes de visitar el lugar del crimen? ¡Increíble! Cuando volví a pensarlo todo, fue cuando pude formular reparos:
—¿Y qué pasa si, mientras tanto, el asesino ya se ha ido? 
      De nuevo me ofreció una asombrosa y convincente respuesta. 
—Esperemos tan solo que no sea tan estúpido. Aquí todos se conocen y, si de repente faltara alguien, el propio culpable se descubriría. Pero nuestro hombre no es estúpido. Eso sí que está claro.
      Si piensas cualquier cosa de manera lógica, tal como acababa de mostrarme D., todo parece claro y comprensible. Pero si, como a mí, te invade una mezcla de rabia y de miedo, entonces no puedes pensar realmente en nada. Pensar significa, primero y ante todo, apartar cualquier emoción, pero es una cosa que, en estos momentos, yo no soy capaz de hacer, y aún más cuando no se trata sencillamente de una «víctima» o de una «asesinada», tal como lo ha expresado glacialmente mi interlocutora. La persona asesinada no era una persona cualquiera, una desdichada anónima, ¡a quien habían asesinado era a mi Magda!
—Necesito su ayuda para tener una visión más amplia —volvió a hablar y rompió el silencio que había llenado el espacio, pero esta vez con un tono un poco más sosegado y moderado— Señor Tlomm, ¿me va a ayudar a atrapar al asesino? 
      Se lo aseguré; ¿qué iba a hacer?
—Claro, Dante, voy a ser su Virgilio en los cielos de Medsočje, que se han convertido en el infierno.
      Se levantó del sofá con toda su elegancia, ante la cual sentí vergüenza de que hubiera tenido que sacudirse algo de los pantalones —lo reconozco, soy culpable: desde los primeros días, cuando limpié la casa a fondo, no he vuelto a tener suficiente voluntad para coger la pala y la escoba—. Ella vio que eso me incomodaba, pero se comportó como una auténtica señora que ve todas estas pequeñeces, pero que no considera dignas de mención. Tan solo a los pedantes les gusta meterse con esas pequeñeces, y entonces quisieran tener una enorme escoba con la que barrer cosas que son más grandes que ellos mismos. 
      Antes de separarnos, quedamos en que nos iríamos pasando consecuentemente la información: yo le ayudaría con el trabajo de investigación, y ella a mí en el de periodista. Para no interferir en la investigación, tuve que aceptar que no me lo dijera todo, y además, tuve que prometerle que no revelaría nada si ella antes no me lo autorizaba. Además, añadió que tal vez yo tendría que escribir de vez en cuando algo que no fuera verdad, y que tal desinformación ayudaría a atrapar al asesino (espero no tener que hacerlo, puesto que entonces rompería el código ético periodístico que yo mismo respeto, a pesar de todo lo que sabemos de las manipulaciones en numerosos medios).
      Justo antes de irse, ya en la cancela me preguntó, como de paso, qué tal me iba con mi mujer, si ya estábamos mejor y continuó hasta formular la inoportuna pregunta: 
—¿De qué color era su pelo?
—Negro. Pero ¿qué relación tiene esto con cualquier cosa y cómo sabe que tenemos problemas?
—Muy fácil: hace poco que usted se ha mudado aquí, a Medsočje, no están separados y están trabajando para volver. Además, todavía sigue llevando el anillo de bodas que no para de hacer girar nerviosamente, lo que indica preocupación o al menos que está pensando intensamente en su mujer.
—¿Y el pelo? —le pregunté extrañado. 
—¿El pelo? Ah, nada, tan solo era curiosidad.
      Se despidió y me dejó solo con mis pensamientos, que se concentraban en ese momento ya en las tres mujeres más importantes de mi vida: mi mujer, Lina; Magdalena. a quien habían asesinado, y ahora también la detective D. Dante.

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