La falda vaporosa le produce una extraña sensación de calma.
Antes de girar hacia la calle que conduce al parque de Stromovka, se detiene en la ventanilla de una cafetería. Su presupuesto le permite darse un pequeño capricho. La chica teclea algo en la caja registradora y le devuelve el cambio. Daniela le da las gracias y se guarda cuidadosamente las monedas en la cartera.
Da un sorbo al café y, algo dubitativa, retoma la ruta prevista.
Los altos edificios del barrio de Letná crean una enorme sombra que se extiende por los adoquines y penetra en cada pliegue de la tierra.
A Daniela le sienta bien.
Los primeros días de agosto se le antojan este año menos hostiles. Se siente menos hinchada de lo habitual por culpa del calor, pero agradece con humildad un poco de aire fresco.
No han quedado hasta dentro de veinte minutos, así que reduce el paso. Echa un vistazo al escaparate de una librería de viejo de toda la vida y, aunque encuentra un par de libros que le podrían interesar, no entra. Sigue caminando.
En la entrada del parque algo le araña desde dentro la piel, justo entre las costillas y el vientre. Štěpán ya está sentado junto al estanque. No lee, ni siquiera tiene las gafas de sol. Sin ellas parece más vulnerable.
Daniela mira el reloj.
Son exactamente las seis y cuarto. Štěpán advierte su gesto al instante y añade:
–Habíamos quedado a las seis.
¿A las seis? Daniela intenta recordarlo, pero le resulta imposible. Siempre que Štěpán está cerca, duda incluso de los detalles más nimios.
El parque de Stromovka está más vacío de lo que esperaba. Es el lugar favorito de casi todos los vecinos de la zona. Precisamente por eso había elegido que se vieran allí. Últimamente, cuando está con Štěpán fuera de casa, trata inconscientemente de rodearse de gente, de potenciales testigos capaces de corroborar si lo que está viviendo sucede de verdad.
Nunca lo ha hecho, desde luego, pero la misma existencia de esa posibilidad le infunde, al menos, algo de sosiego.
Se sienta junto a Štěpán. Se aprieta la mano izquierda con la derecha, hunde las uñas en la piel.
–¿No ibas a traer la manta? –pregunta Štěpán extrañado. Junto a él, sobre el banco, hay una bolsa con comida y vino. Ayer le propuso a Daniela hacer un pícnic. Después de mucho tiempo, sugirió que pasaran la tarde al aire libre.
–No –responde Daniela. En su frente aparecen, apenas perceptibles, las primeras gotas de sudor.
–Sí que la ibas a traer.
No es verdad, está segura, no es en lo que habían quedado. ¿Por qué, entonces, es incapaz de pensar alguna respuesta?
–Estoy muy harto, Dany –suspira Štěpán–. Siempre la misma historia. ¿No me estabas escuchando mientras te hablaba esta mañana? Te he dicho que quedábamos a las seis en Stromovka. Que yo compraba la comida y la bebida, y que tú traías la manta para no tener que cargar con ella cuando fuera al voleibol.
Sin darse cuenta, Daniela aprieta el vaso de café que se había comprado un rato antes. Lo hace con más fuerza de lo que piensa. El plástico cruje y la tapa cae al suelo.
–¿Por qué siempre me haces lo mismo? –le pregunta a Štěpán. Daniela siente que tiene los labios secos, toda ella está seca–. ¿Por qué siempre me humillas? ¿Por qué todo el tiempo te parece que hago algo mal?
Štěpán la observa incrédulo.
–¿En serio? ¿Que te humillo?
–¿Por qué me tratas como si fuera imbécil perdida? Sé perfectamente que no tenía que traer ninguna manta.
–¿Querías que hiciéramos un pícnic sin manta? –se burla Štěpán–. ¿Por qué no puedes admitir sin más que te has olvidado?
–¡Es que no me he olvidado! ¡No habíamos quedado en que yo traía la manta!
Daniela se levanta del banco de un salto y mira alrededor. Le tiemblan los hombros, desearía poder invitar a la conversación a alguno de los que pasean por el parque, tener a alguien de su lado.
–Por el amor de dios, eres incapaz de admitir un error –eleva el tono de voz Štěpán–. Y encima siempre te olvidas de algo o lo pierdes. Cuando quedamos en un sitio, llegas tarde o ni apareces. Como la semana pasada. ¿O es que tampoco de te acuerdas de lo que pasó la semana pasada?
Daniela se mueve de un lado a otro. No quiere escuchar a Štěpán, pero sabe que, si se marcha ahora, será aún peor. La seguirá y la discusión pasará a ser de dominio público, de modo que todo el que se cruce con ellos sabrá por Štěpán que en la cabeza de Daniela algo no funciona como debería. Al final, está agradecida de que estén casi solos en esta parte del parque.
–Te estuvimos esperando más de una hora. ¿Sabes la vergüenza que pasé cuando les tuve que explicar a mis padres que tenías el móvil apagado y que no sabía si al final vendrías?
Štěpán había quedado el sábado a cenar con sus padres y supuestamente le había pedido a Daniela que lo acompañara. Según decía, se lo había comentado por la mañana y habían acordado verse en un restaurante del barrio de Karlín a las seis y media. Daniela no recordaba ningún plan así. A eso de las seis comenzó a preparar la cena en casa y, cuando terminó de cocinar, estuvo esperando a que llegara Štěpán para cenar juntos. Hasta las nueve no se le ocurrió escribirle para preguntarle dónde estaba. No sabía nada de la cena con sus padres porque no había escuchado lo que Štěpán le había dicho aquella mañana junto a la puerta al despedirse. Hacía tiempo que había dejado de escucharlo casi por completo, le daba miedo escucharlo. El móvil se había quedado sin batería y, al cargarlo, mostró seis llamadas perdidas. Cuando le devolvió la llamada, Štěpán le dijo con frialdad que ya estaba de camino a casa, que habían cenado sin ella. No lo entendía, no tenía ni idea de qué hablaba. Sin embargo, en cuanto llegó a casa, Štěpán la puso al corriente de su nuevo error. ¿Podía argumentar algo en su propia defensa? No, porque ni siquiera sabía lo que Štěpán le había dicho en la puerta. Por tanto, no había nada en lo que apoyarse. Una parte de sí misma la culpaba por no hacerle caso a su pareja y andar causándole problemas. Otra vez.
–Y cuando voy y te lo comento porque ya no aguanto más, cuando te digo que has vuelto a olvidarte de algo, te lo tomas como si quisiera hacerte daño a propósito –prosigue Štěpán. También él se ha levantado del banco y gesticula ferozmente con las manos, está irritado y le suelta más reproches y más dudas que se van asentando en el cerebro de Daniela como larvas de mosca.
Ahora desearía no haber dicho nada. De hecho, haría lo que fuera por no tener que seguir escuchando cómo Štěpán destroza la imagen que Daniela tiene de sí misma y luego compone con esos pedazos formas que ella no reconoce.
–¿Por qué lo tergiversas todo y dices que te menosprecio cuando lo único que hago es intentar ayudarte? Perdona, de verdad, perdona que me preocupe por ti. Que me esfuerce para que estés a salvo.
–¡Pero si estoy a salvo! ¿Quién se supone que me intenta hacer daño? –grita de repente Daniela. Está desconcertada, la voz de Štěpán le retumba en los oídos como un eco.
–¡Tú! –le responde también a gritos–. ¡Tú misma podrías acabar haciéndote daño! ¿Aún no lo entiendes? Podrías lastimarte a ti misma. Ya ha estado a punto de ocurrir varias veces en los últimos años. Lo que realmente me sorprende es que hasta ahora no haya ocurrido nada.
Seguro que ya no pasan desapercibidos, seguro que, desde más allá de los árboles, ojos ajenos, relaciones ajenas, manos ajenas entrelazadas y miradas inseguras ajenas los están juzgando, primeras etapas de enamoramiento que se ven interrumpidas por los gritos de Daniela y Štěpán.
Podría decirle a Štěpán que está mintiendo, pero es incapaz de formular ese tipo de respuesta.
Podría decirle que está segura de que consigo misma está a salvo, más a salvo que con él.
Pero ¿está realmente a salvo consigo misma?
¿Qué es lo que se le escapa cuando Štěpán está ausente?
¿Cuántas cosas le pasarían desapercibidas si Štěpán no estuviera a su lado?
Por un momento se imagina que, tras la discusión en el parque, se separan y se queda sola en el mundo, sola con su confusión mental. Y de pronto, Daniela no lo puede tener más claro: la vida sin Štěpán sería más dura que con él.
Es ella quien se ha equivocado, no debería haberle dicho nada a Štěpán.
Le entran ganas de disculparse, pero le puede la vergüenza. No es él quien debería pedir perdón por gritar en público, sino ella. Es lamentable que provoque situaciones como esta, que busque problemas donde no los hay. Siente que las uñas de su mano derecha siguen clavándose en la piel del antebrazo izquierdo.
Piensa en cómo capear la conversación, cómo borrarla junto con aquel parque, cómo volver cuanto antes a casa, donde hasta ayer mismo vivían plácidamente, contentos, cómo olvidar todo este horror.
El horror que ella misma había provocado.
–Tienes razón –dice al final–. Tienes razón. En todo, en todo, en todo –tartamudea, como si se hubiera quedara atascada, como si, con cada nueva repetición, le estuviera añadiendo verosimilitud a sus palabras.
Štěpán respira hondo dos veces, se acerca a Daniela, la abraza por los hombros y le besa en la cabeza.
Daniela acaricia el dorso de la mano que él ha apoyado en su cuello. En la piel del antebrazo tiene las marcas de las uñas, las crueles marcas que ella misma se ha provocado.
El agua brilla frente a ellos.
Es una imagen tentadora.
A Daniela le parece el lugar perfecto para escapar. Basta con hundir la cabeza.
—
Hay días en que Daniela duda de las decisiones que ha ido tomando a lo largo de su vida.
Luego hay días en que no tiene ni la posibilidad de dudar, la posibilidad siquiera de pensar por sí misma porque, en su piso, hace tiempo que todo está ya pensado, porque para cualquier problema que concierna a Daniela, Štěpán tiene su propia solución.
Lo cual, a veces, resulta un alivio. Su mente ya no funciona como antes.
Daniela ha perdido la capacidad de crear, de reflexionar, de escribir. Hace poco dejó de responder a la editora con la que llevaba un año intercambiando correos sobre el manuscrito de su novela. Habían hablado de que solo restaba incorporar un par de comentarios sobre la trama, aclarar un par de potenciales incoherencias que podrían confundir al lector. Ya ha incumplido el plazo dos veces.
El documento con el manuscrito le causa pavor desde hace meses, escarba en recuerdos cuya veracidad Daniela ya no tiene tan clara.
¿Y si nada de lo que cuenta realmente ocurrió? ¿Y si lleva años torturándose con situaciones que nunca tuvieron base real? ¿Y si todos esos retazos, imágenes, momentos instalados en su cabeza y que se reproducen constantemente en su interior como una película interminable son, después de todo, producto de su fantasía?
De su fantasía descomunal, de su fantasía exuberante, como le explicó una vez su padre.
Pensaba que, si dejaba el trabajo, como le había recomendado Štěpán, la situación mejoraría.
Que, al alejarse de la vida estresante y frenética de periodista principiante, su cerebro descansaría y, con el tiempo, podría volver a pensar en su manuscrito como antes.
Pero no fue así.
Cada vez siente con más fuerza que debería rendirse, que debería renunciar a las ilusiones que alberga sobre su futuro.
En realidad, es lo que, poco a poco, ya está haciendo. Gradualmente ha ido asumiendo sus límites, aceptando que Štěpán le haya ido desgastando las exigencias que ella misma se había impuesto tiempo atrás. Es como si le hubiera ido arrancando, una a una, las capas de sueños no cumplidos. Como si el deseo de Daniela de destacar se estuviera pudriendo y hubiera que extirparlo.
Duele reconocerlo, pero, de algún modo inquietante, ahora Daniela se sienta más ligera.
–Sé que no quieres escucharlo, pero creo que te sentirías mejor si te centraras más en lo que tenemos aquí dentro, le dijo una vez Štěpán antes de irse a dormir.
–¿Dentro?
–Dentro de nuestro hogar. En nuestro apartamento. Le dedicas demasiado tiempo a ese libro. No me extraña que luego no te salga como quieres. Quizá sería buena idea dedicarse un tiempo a proyectos con resultados menos inciertos.
–¿Por ejemplo? –frunce Daniela el ceño.
Štěpán se tumba en la cama a la que acaban de cambiarle las sábanas y se rasca el vientre descubierto. Su desnudez siempre ha molestado a Daniela. Admira la soltura con la que se puede comportar sin ropa.
–Por ejemplo, las tareas del hogar –le acaba respondiendo.
Daniela lo observa de arriba abajo y se pregunta si lo dice en serio.
–¿Ves? Esa es la clave. Prejuicios. No hay nada de malo en las tareas domésticas. No te puedes ni imaginar lo creativo que puede ser cocinar. Al menos evitarías por ahora las críticas asociadas a la escritura... y que, sinceramente, te superan.
–Pero yo necesito escribir.
–A ver, no digo que renuncies a tu carrera de escritora. Solo que te tomes un descanso. Si lo dejas por un tiempo, seguro que después lo haces mejor. Y dicen que nada fomenta tanto la creatividad como el trabajo manual.
Daniela rumia varias horas estas últimas palabras antes de poder dormirse. Confundida, pero convencida de que la propuesta de Štěpán le resulta simplemente inimaginable.
Sin embargo, al día siguiente ya no está tan segura.
Se sienta frente al ordenador y de pronto tiene la sensación de que el documento lleno de anotaciones y el cursor parpadeante se han confabulado en su contra, como si se enfrentaran a ella en una injusta batalla matinal que Daniela no puede ganar.
Cierra el archivo, abre el correo, lee un par de mensajes. Uno es de la editorial: si no entrega el manuscrito antes de fin de mes, darán por concluida su colaboración.
Observa el texto un momento, luego cierra el portátil.
Tal vez se trate de esa imagen –al principio amarga, luego dulce y cargada de alivio– la que empuja esa mañana a Daniela a huir otra vez del libro. Tal vez la sola idea de que, al final, la novela no tenga por qué publicarse le quita un peso de encima. Tal vez ese día Daniela sienta consuelo al pensar que no está a la altura de sus ambiciones, que es exactamente como la describe Štěpán.
O tal vez se trate de algo completamente distinto.