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Published in edition #1 2017-2019

Torcidos

Written in ES by Matías Candeira

Esa noche me llamaba, y no parecía que fuera a parar.  
—Mamá. ¡Mamá! 
Lo decía así, ofreciéndomelo a mí y al cuarto mientras se encogía en  una oscuridad de cera, llena de juguetes (su única propiedad). Volvió a gri tármelo, mucho más fuerte, y entonces aparté la vista y acaricié el vaso de  whisky, justo debajo de la base, hasta que la humedad pasó a la punta del  dedo.  
La palabra estaba bien cosida a su cerebro desde bebé. 
Me quedé muy quieta mientras miraba la forma irisada y terca de la  gota. No era un crimen dejarle que aprendiera a sentir frío, o cómo bebér selo. Imaginaba su lengua al tensarse, el exceso de saliva al decir con clari dad quién era yo en esta casa, mamá, mamá, mamá; ese rezo ahogado, esa  súplica al único Dios que conocía de verdad. Algunas veces, desde que nació y lo sostuve en mis brazos, había deseado que me viesen unos ojos  distintos. Ser simplemente una desconocida que se aleja del todo, pero al  mismo tiempo se refleja, un instante, en las pupilas de quien la está mi rando. Jamás me llamaba por mi verdadero nombre. De nuevo otro ruego,  mamá, ven, la gota tensa y afilada en la punta de mi dedo, mamá, mami, ya desviándose. Ahora, esa palabra correteaba hasta mí con un sonido  húmedo; tantas veces reblandecida en un chillido por la fiebre, por un pie  que se le ha quedado atascado al salir del coche. 
—Ven —repitió—. Me está hablando. 
Me tapé los oídos. Reconocía el dolor. Luego fijé la vista en la mesa  de madera donde comíamos (a veces con las manos, como en una película  que le gusta; las ardillas hablan con elocuencia griega entre las ramas de un  gran roble y parten nueces con la mandíbula, tienen los dientes planos,  enormes; más tarde vencen a un malvado). Tres sillas estaban separadas. Eran de diseño industrial, de color negro, y brillaban mucho bajo la luz de  la lámpara. Mi silla, la de mi hijo y la silla de enfrente. Sólo Adrián jugaba  en el salón. La tercera tenía que haberla separado él. Volví a atacar el vaso,  cada vez más frío. Puede que lamiera el fondo tratando de comprender.  Una intuición vibraba detrás de aquella imagen; el hecho de que la tercera  silla, separada de la mesa del comedor, fuera tan real en sus detalles. Había  algo raro en cómo estaba colocada, como si alguien acabara de sentarse ahí  a charlar conmigo; a decirme…, no pude terminar de pensarlo.  —Mamá, ven —volvió a decir.  
—Duérmete, Adrián. Quiero estar sola. Hay muchos otros ratos  que estoy contigo. 
—Es que… 
—He dicho que te duermas. 
Al oírme, ya tenía que haberse cubierto la cara con su edredón con  dibujos de aviones, hasta no dejar pasar el aire. No se calló esta vez. Era extraño. Siempre había sido un niño obediente, con los dientes separados y  blancos. Se le veían en la oscuridad. Ni siquiera vomitaba cuando tenía  gripe.  
—Me está hablando. 
Yo temblaba otra vez al beber, y presionaba el vaso contra el pecho.  La piel de las yemas se había quedado blanca, sin sangre.  
—Tápate la boca, hijo. Aprieta bien los dientes. 
Clavé mi voz en el pasillo, en la pelota deshinchada, en todos sus  muñecos de guerreros mutantes amontonados en una especie de fosa (una  vez había bebido y, antes de que cerrara la puerta de su cuarto, le dije que le  quitara la cabeza a cada muñeco y me los enseñara). ¿Quién iba a hablarle?  El sabor ácido y espeso del whisky hacía que mi cabeza rodeara el corazón de esa frase. Se ramificaba y se abría más. De pronto, era como si mi hijo  pudiera contagiarme hasta que me salieran ronchas, y más tarde, ya fuera  capaz de ver a mi lado a uno de sus amigos invisibles. Sentado, sin moverse. —Cállate de una... 
Clavé la voz en la puerta de su cuarto y la retorcí para que no me lla mara más. Me quedaba casi media botella. Pero él seguía rogando que fuera  allí. No iba a parar. Quizás no podía, y ahora su cuerpo estaba enfermo de  ese verbo. Ven en los músculos, detrás de los ojos. Ven, me está hablando,  encharcándose en la sangre. Estaba muy mareada, así que me levanté, res piré hondo y me cubrí con la palabra de nuevo. Bebí una vez más para  apagar la luz. 
—Mamá. 
Al decirla en voz alta, con el mareo, la noté demasiado blanda. Se  había deformado. En la calle no pasaba ningún coche. Creí distinguir unos  pájaros inmóviles, clavados a las ramas de la acacia de enfrente. La niebla se  pegaba a la ventana como lo hace una lengua. Sólo era una avenida vacía  donde caía a plomo la palabra mamá, y yo no podía ir detrás, casi no podía seguirla o correr tras ella. Tenía que quedarme encerrada con él. Pasé al lado  de la tercera silla y acaricié el respaldo. Pide un deseo. La luz la hacía resba ladiza, de un negro irreal. Pide un deseo. Una grieta en mitad de la casa.  
Seguí caminando, adentrándome en el pasillo con más dificultad.  De pronto, pisé algo duro y tropecé. Me golpeé contra la esquina de la  pared. Conseguí sostenerme. Seguro que era un muñeco. El crujido blanco  del plástico al romperse me trepó por la pierna. 
—Mamá viene —dije en voz alta, y me reí sola—. Está muy cerca.  Me detuve otra vez y miré nuestras fotografías colgadas en la pared.  En varias le pasaba el brazo por el hombro a Adrián, suavemente, y ya no  parecía mamá, mamá, mamá. La sensación de antes me brotó más fuerte en  la garganta. Se metía dentro. Ven. Pero no podía dejar de mirar las fotos. 

Daba la impresión de que, en esos lugares donde le habíamos pedido a  algún lugareño que nos fotografiara —el pueblo donde pasábamos las va caciones, su calima húmeda, sus ojos tras los visillos—, también hubiéra mos dejado un hueco, siempre a la izquierda, para alguien más. Al lado de  varios marcos, encontré trazos de lápiz rojo y amarillo. La punta había  dejado incisiones en la pared. Eran dibujos de Adrián. Las cabezas dentadas  de un grupo de niños, seguramente. ¿Estaría yo ahí? No pueden mirarte,  Clara. Nuestras imágenes se mezclaban con los dibujos torcidos de los  niños, a lápiz. Había pintado cada uno de un color, sin cara, con brazos en  forma de palo o las piernas en espirales, garfios, puntas. ¿Quería él que en traran dentro de nuestras fotos? Estaban muy cerca. Fui hasta la cocina y  abrí la ventana para mirar la niebla y dejar que se posara en el borde.  
Cuando me metí en su habitación, él había empezado a cambiar el  grito. En cuanto me vio, en el quicio de la puerta, se quitó el edredón de la  cara. Sólo dejó al descubierto sus ojos y su nariz. Me susurraba algo con pe queñas agujas de voz, pero no comprendía lo que quería decirme.  —¿Qué le has hecho a la pared? —dije.  
Apreté el puño. Temblaba, y no me importaba que me descubriera  así. 
—Son mis amigos. 
—Ésos no son tus amigos. Tienes que hacer mejor las líneas de la  cara. 
Quizás era el momento de empezar a hablarle como a un adulto y  tomar ventaja. Sé que una madre nunca jamás tiene que brindar delante de  su hijo. Yo lo hice.  
La toalla tapaba el soporte en la pared, frente a la cama. Había pre parado su habitación para que no me molestaran sus juguetes, y sobre  todo, la cara del oso que colgué ahí cuando tenía cuatro años. Tiempo  atrás, le había enseñado a cubrirla al terminar de jugar con él. Solía pedirme  que la quitara de ahí, cuando tenía pesadillas. En una, me contó, el dentista  le arrancaba los dientes, uno a uno, y le colocaba ceras de colores en los agu jeros. Luego me rogaba que la volviera a poner, y entonces el oso era el ver dadero monarca del cuarto. Parecía que al cubrirle con la toalla estuviera  arrancando el único trozo de belleza.  
Esta vez quité la toalla de los ganchos y me reí sujetando muy fuerte  el vaso. Bebí. Le acaricié el hocico. Tenía uno de esos rostros animales ridí culos, donde la nariz y la boca eran de un tamaño exagerado. El fabricante  le había quitado los dientes, imagino que por un miedo del todo absurdo:  que eso fuera a traumatizar al niño. El interior de la boca era una pura masa  de plástico rígido, parecido a una masilla ensangrentada. El oso se reía. Los  dos nos reíamos. No volví a taparlo.  
—¿Por qué no te duermes?  

—Es que no deja de hablarme. 
—Los osos no hablan, Adrián. No tiene lengua. 
Pero yo no estaba mirando al animal cuando lo dije. La niebla cubría  casi toda la calle, un intestino que salía al otro lado de la ventana y se metía  debajo de los coches. Las ramas tenían hojas curvas, se torcían por el viento  y caían sin sonido. Adrián temblaba; y yo necesitaba beber, volver a tum barme en el sofá o buscar otro sitio. Fuera.  
—Mejor si te duermes —dije, y sentí que desenterraba las pala bras—. Hazme caso.  
Al acercarme, noté que estaba pálido y le brillaban los ojos, como si  se los hubieran encendido desde dentro. Le toqué la frente y le sujeté.  Estaba caliente, aunque no tenía fiebre todavía. Me pareció que movía los  labios y que decía ven. Gimió una vez más. 
—Mamá, tú tienes frío, como él. 
—Sí, tienes razón. Tengo mucho frío. 
Al hacerme sitio a su lado, sentí que la cama estaba hundida de más y  pensé, un instante, en la tercera silla separada de la mesa. Dejé el vaso en el  suelo. Creo que llegué a escuchar cómo se volcaba. Luego cogí su cabeza y  la apreté contra mi pecho. Ahora, me veía los pies desnudos. La boca del  oso se había difuminado en mi mirada; y era negra, las encías, todo abierto.  Descolgué la mano de la cama, intenté tocar el vaso, pero los dedos me pe saban y no lo encontré. Los empapé en el whisky. Sentía que deliraba a  nado, en un círculo, como si pudiera ver con más claridad, sumergirle la  cabeza ahí, en el color rojo y en el color amarillo —quería beber, y él se re sistía en mis brazos—; sumergirle en mamá, y al fondo, un lago lleno de  niños que flotan muy quietos en la superficie. Yo misma ocupando lenta mente el hueco de uno de esos niños pintados en la pared y entrando en  una fotografía en la que sólo apareciera mi figura. Quería quedarme ahí.  Darme la vuelta y marcharme, volver a colocar la silla.  
—Ven —dije. 
Aún seguía apretando su cabeza.

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